11/04/2026 14:29por Daniel 13 Un inquietante juego de espejos y tensiones
El quiebre de un momento de encuentro donde armonizaban madre e hijo como artistas es el disparador que pone en juego una fluida transposición de identidades, un juego de espejos entre dos hijos (Pepito y Wilde) y dos madres y entre el Wilde real y el ficcional de aquella obra que se ensayaba.
Un drama que con escenas a modo de flashbacks y viñetas despliega la tensión despiadada entre vida pública y privada, entre una madre conservadora y obsesionada por mantener en secreto la sexualidad de su hijo y un hijo que no se resigna a ocultarla. Una tensión entre dos artistas que fatalmente llega a un punto de inflexión en el cruce de la fama ascendente de uno y la declinación de la otra.
Vidal logra consolidar un logrado paralelismo entre esas duplas madre-hijo, con un conflicto que resiste el paso del tiempo histórico entre ambas y fluidez en las transiciones entre un Pepito que se torna Wilde en el momento menos pensado.
El humor Vidal y sus madres
Como en todo buen psicoanalista, las madres son personajes recurrentes en la obra de Hernán Vidal. El autor (quien encarna a la cáustica madre de Pepito y a la inquietante e imponente madre de Oscar Wilde) recurre a diálogos y monólogos plenos de un humor incómodo reflejo de las subjetividades de los protagonistas.
Rebelde con causa
Gustavo De Elía reúne las dosis justas de hedonismo, rebeldía y patetismo en un Pepito al que le gusta ejercer el poder en pos del placer, componiendo con solvencia diferentes momentos clave de su historia personal. Los conocedores captarán además aquí y allá ciertas referencias concretas a su vida, a algunos vínculos y a su obra.
La puesta en escena
Hay un buen aprovechamiento de un espacio escénico reducido y un vestuario que hace honor a las personalidades de esas madres.
La música
Y como siempre, uno de los platos fuertes de las obras de Vidal es la música, las canciones. En esta obra se consolida su “giro acústico”, con predominio de guitarras y piano, dejando atrás las texturas electrónicas de obras anteriores.
El autor despliega ingeniosas combinaciones de dos voces que por momentos crean la ilusión de ser tres.
Como siempre sucede, al salir de sus representaciones nos quedarán resonando varios de esos temas.
Una segunda versión
La primera versión de esta obra fue estrenada en 2015, y las principales diferencias de esta segunda versión tienen que ver principalmente con la música, pero también con el lugar otorgado al amor y la piedad en esos complejos vínculos.
27/09/2025 11:36por Daniel B 13 Tercera vez que voy a ver la obra (que ya comenté inextenso en uncomentario anterior).
Como siempre ocurre en las obras de Hernán, en cada nueva representación le encontramos algo nuevo: frases que pasaron desapercibidas, sentidos, armonías, gestos...
Cada función nos permite un reencuentro con esos personajes a los que queremos volver a acompañar en su dolor y en sus historias, gracias a ese elenco que los interpreta y hace suyos tan bien esta obra maravillosa.
Ojalá haya nuevas funciones y se vuelva a producir esta magia.
12/08/2025 15:42por Daniel 13 En la era de la Crueldad de Estado, cuando se estigmatiza a la gente que vive en situación de calle en la ciudad de Buenos Aires y dicen que “gustan” remover la basura de los contenedores, Calle Dolor es una obra que se ocupa de ellos.
Una obra que muestra que desde la exclusión más extrema también puede articularse una comunidad, heterogénea y no exenta de tensiones como toda comunidad, pero capaz incluso de estimular la inclusión de nuevos miembros como es el caso de Martha. Una comunidad donde a pesar de la adversidad, la precariedad y la incertidumbre tienen cabida el amor y la ilusión.
Hernán Vidal nunca se repite: estamos lejos de la complejidad de su obra anterior, Fáchima en el cielo de diamantes, con sus personalidades, locaciones y épocas cambiantes en consonancia con su protagonista, y ubicada del lado del poder.
Calle Dolor, por el contrario, se sitúa en el extremo opuesto del registro social y de estilo y transcurre casi en tiempo real, con una cierta sencillez casi neorrealista y a la vez empática pero que no cae en la romantización de la miseria material.
Sus personajes o bien dialogan entre sí o pueden dirigirse al público y su discurso puede depararnos hermosas imágenes poéticas, ya sea hablando de las constelaciones astronómicas, de las derrotas o haciendo que su referencia a las duchas de los refugios traiga resonancias del Holocausto.
En esta obra tienen un lugar más destacado los silencios y los medio tonos; Calle Dolor respira de una manera más reposada. Y contribuyen a ello los tempos y los tonos logrados por todo un elenco que ha sabido incorporar convincentemente modos de hablar característicos y expresar jirones de un pasado real o ilusorio.
Como siempre, Vidal apunta sus reflectores a problemáticas que nos interpelan. La ironía y los respiros del humor ceden ante las demandas de una época que pide canales de (re)humanización.
Y, también como siempre, Calle Dolor cuenta con la presencia de sus maravillosas canciones, siempre con una musicalidad mutante, que va de un maravilloso y sorprendente rap al lirismo conmovedor de Calle.
06/08/2024 15:49por Daniel B 13 Fáchima quiere ser primera dama y lleva a su novio el presidente a la casa de sus padres para presentarlo.
Esta vez Hernán Vidal nos presenta una obra menos lineal que las anteriores, con una estructura fragmentada más narrativa que dialogada. El relato va desplegando una suerte de biografía de la famosa comediante, pero la va inscribiendo en un linaje trágico de mujeres célebres cercanas al poder, muchas veces un poder absoluto y autoritario. Como imitadora, Fáchima es puesta en abismo como un significante vacío que podría contener y asumir perfectamente esas identidades antecedentes que funcionan como una sombría advertencia.
Como siempre, Vidal nunca cae en la sátira obvia y su obra va desgranando con sentido dramático de la oportunidad y un humor incómodo aspectos centrales y obsesiones del gobierno del novio, a los que también inscribe con agudeza en un linaje político que no excluye al peronismo.
La estructura fragmentada mencionada antes se refiere a que la obra alterna de forma quebrada relato, algunos pocos diálogos, un leit motiv coral, citas musicales, canciones solistas y números de conjunto coreografiados, en lo que constituye un verdadero desafío escénico para los intérpretes (que se encuentran prácticamente todo el tiempo interactuando en el escenario) del que salen totalmente airosos. La puesta aprovecha de manera creativa y dinámica un espacio escénico relativamente reducido. Por otro lado, hay un medido retorno al teatro de objetos.
Nuevamente, como en todas sus obras, Vidal nos obsequia uno de sus platos fuertes: una serie de canciones y coros maravillosos que muchas veces se erigen como picos dramáticos del relato escénico.
En cuanto a los personajes y el elenco, Patricia Sotelo es la madre de Fáchima y oficia como narradora principal y luce en canciones y coros sus grandes dotes vocales; Hernán Vidal, gran cantante también, es su padre; Dardo Alomo, vuelve a componer otro personaje inquietante como el empresario ex de Fáchima, que también oficia de narrador y Luis Tenewicki interpreta de manera graciosa al inefable presidente.
Dejo para el final a la revelación de la obra, Oriana Míguez, que logra amalgamar en su Fáchima vulnerabilidad, sensualidad, ingenuidad, desconcierto y ambición, los atributos de sus famosas precursoras.
17/10/2023 10:32por Daniel B 13 El nuevo musical de Hernán Vidal sale airoso frente a todos los desafíos que se plantea. Una obra necesaria en un momento en el que arrecian borrascas negacionistas en la Argentina, donde dos candidatos neofascistas y apologistas de dictadura tiene chances de ganar las elecciones presidenciales. Sube a escena los domingos de octubre y noviembre a las 19:30 en El Vitral, Rodríguez Peña 344
¿Cuáles son los desafíos que plantea El verdadero espectáculo es la muerte?
En primer lugar, abordar la última dictadura, los centros clandestinos de detención y los vuelos de la muerte desde el musical, experiencia que creo no tiene precedentes. Lejos de banalizar el relato, la música y la danza le suman densidad dramática y sus atributos inefables.
El verdadero espectáculo es la muerte transcurre básicamente en dos escenarios: un centro clandestino de detención y en un avión durante un vuelo de la muerte. En el centro, Bruno (un sobrecogedor Dardo Alomo) es el torturador, fascinado con su víctima Águeda (una exquisita y expresiva Merlina Di Rocca), una detenida-desaparecida. Y acá aparece el segundo desafío: Águeda no es una prisionera “inocente” o casual o “por error”, sino que es una combatiente de Montoneros que casi al comienzo nos aclara cuál fue su acto terrorista. Y queda claro que esto tampoco justifica la ilegalidad de su detención y del dispositivo de tortura y exterminio que se cierne sobre ella.
La tenebrosa endogamia del microcosmos del centro se completa con la sensual y cínica Marlene, esposa de Bruno (en una potente interpretación de Lucía Milone) y con el siniestro Cómico interpretado por Luis Tenewicki, que sistemáticamente asume el rol de un standapero que emite incómodos chistes discriminadores y de humor negro convirtiendo a la audiencia de la obra en el cautivo público de prisioneros del campo. Otro desafío superado: el contexto deja siempre claro lo aberrante del mensaje y de quienes lo emiten.
El cuarto desafío es no olvidar el rol cómplice de la Iglesia en la dictadura cívico-eclesiástico-militar. Hay un diálogo revelador entre la jerarquía, representada por un obispo fríamente convencido del rol de la Iglesia (un tan sereno como inquietante Gustavo De Elía) y un sacerdote (un cambiante Santiago Federico) que resulta instruido para participar de los vuelos de la muerte brindando “asistencia pastoral” a las narcotizadas víctimas antes de ser arojadas al mar. Una mirada sobre la obediencia debida en el seno de la Iglesia.
Y el desafío final: cómo representar en el escenario los tremendos vuelos de la muerte. En el clímax de la obra, gracias a la música y a la bella coreografía de Di Rocca, la escena se aleja de una fácil literalidad sin dejar de ser atroz.
Las canciones de El verdadero espectáculo es la muerte marcan una clara y bienvenida renovación en el estilo musical de Vidal. En cuanto a la puesta, con un destacado rol de la iluminación, nuevamente predominan las escenas corales y coreografiadas con ágiles cambios de escena otorgando al conjunto una gran fluidez dramática.
11/03/2023 12:27por Daniel 13 Cinco internados en una clínica de rehabilitación de adicciones procuran dar los pasos finales para fugarse del establecimiento e iniciar una nueva vida. Asistimos in media res a este plan de evasión, al punto culminante de una accidentada conspiración con frágiles y cambiantes alianzas y traiciones marcadas por la historia en común y la biografía de cada uno de ellos. ¿Cuáles son las posibilidades de supervivencia de estos seres rotos más allá de esos muros? ¿Qué hay de cierto en esos pasados que mezclan pérdida, dolor y esplendor?
Con una despojada y ágil puesta en escena, Hernán Vidal nos propone una historia que transcurre prácticamente en tiempo real, con una aceitada y virtuosa dinámica coral donde los grupos se arman se desarman y se vigilan ante nuestros ojos como seguidos por una lente que no pierde vista el conjunto, con los cinco actores casi siempre en escena.
De esto modo, antes que los monólogos, predominan los diálogos y escenas de conjunto, tanto en las partes habladas como en las maravillosas canciones y coros que abarcan un amplio espectro emocional, basados en temas electrónicos de Tangerine Dream y en la guitarra de propio Hernán Vidal y complementados por logradas coreografías que van de la inquietud y la duda a la esperanzada y desafiante alegría pop.
Patricia Sotelo, Gisel Fernández, Dardo Alomo, Santiago Federico y Hernán Vidal, notables, le ponen el cuerpo y el alma a sus complejos personajes, ángeles y demonios que alternan de manera conmovedora la prepotencia y la agresividad con la vulnerabilidad y el desamparo ante el horizonte de esperanza e incertidumbre que se les abre.
Parafraseando a Pirandello, cinco personajes en busca de una nueva vida, ante un salto al vacío que deja atrás un techo tan seguro como opresivo para volver a ver el cielo.
28/03/2022 15:34por Daniel 13 Mamá Estelar es la crónica de un exilio, de un desamor por partida doble y de una oportunidad, de la “posibilidad de una isla”, parafraseando a Houellebecq. Una madre célebre avergonzada de la homosexualidad de su hijo, a quien registra como peligro para su imagen y una carga económica y resuelve ocultarlo en un lejano paraje balneario. Con su pareja ya en crisis, Raúl es consciente de la maniobra materna, y la padece, ya que además está sujeto a su permanente supervisión a través de las violentas visitas de Sofía, pero al mismo tiempo intenta vivir su “exilio” como una segunda oportunidad con Johnatan, lejos de las tentaciones de la gran ciudad y con su madre ¿Logrará la estancia en Mar de Cobo sanar estas heridas y recomponer su(s) vida(s)?
Como en muchas obras de Hernán Vidal, los chispazos de comedia quedan subsumidos en un drama, en una estructura dramática donde se alternan diálogos con canciones. Hay un interesante contrapunto permanente entre las maneras de referirse a lo gay: el autor no teme incomodar poniendo en boca de sus personajes el lenguaje descarado de la homofobia odiante o el interno y cómplice de la pareja, con sus inquietantes zonas comunes, confrontando lo inaceptable con lo permisible y habilitado en cuanto al uso de esos lenguajes según quiénes lo emplean. Vidal juega conscientemente con los estereotipos y sus componentes lúdicos (diríamos bufos en el teatro clásico), sobre todo con el registro de Johnatan y en menor medida Sofía, para luego irlos desmontando a medida que progresa la historia y la comedia le cede el lugar al drama.
El director sabe aprovechar el espacio escénico y hay que estar atentos a la profusión de objetos que lo pueblan, habitual en su dramaturgia.
Como en toda obra de Hernán Vidal, las canciones ocupan un lugar medular, ya que, en definitiva, Mamá Estelar es un musical. Se trata de piezas notables, de enorme dificultad vocal, plenas de audacias armónicas, pero siempre bellas y absolutamente efectivas dramáticamente. Las canciones solistas a modo de arias (todas acompañadas por la guitarra de Hernán Vidal en el escenario sin que ello resulte disruptivo sino todo lo contrario) casi siempre se ven reforzadas por coros de los otros integrantes del elenco. En ellas Vidal experimenta con falsetes que se erigen como claros leitmotivs musicales.
Es muy bueno el desempeño actoral y musical del elenco, con la solvencia de Hernán Vidal, la gran presencia escénica de la carismática Patricia Sotelo y el impresionante tour de force actoral y vocal de Guido Napp, quien con una entrega total nos brinda un Raúl absolutamente conmovedor.