Martes, 06 de Enero de 2015
Miércoles, 14 de Marzo de 2001

Dulce y Melancólico

¿Que es lo que queda fuera del ámbito de la representación? ¿Qué es lo que encuentra el hombre después de la vida? ¿Hay algo en la nuestra existencia que deje de lado a la representación? Estas preguntas parecen ser los fantasmas que agitan la creación de este espectáculo. Apoteótico Final Organizado nos propone una reflexión estética sobre el problema de la representación cuando cae esa cosa, tan estéril como necesaria, llamada ilusión. Los sueños (la ilusión y los sueños) parecen ser el nexo entre la representacion teatral y esa representación que resulta ser la vida. El grupo teatral El Bachín se basa en este planteo semántico profundo, hunde sus raices en la rica tierra del teatro, y hace florecer un particular espectáculo de características universales y eternas. La obra ahonda sobre la representación de los sueños incumplidos y la trascendencia. El autor y director desarrolla esta idea no desde la perspectiva de la caída de los sueños (característico del viejo teatro argentino), si no desde la imperativa necesidad de alimentarlos y llevarlos al ámbito de lo cotidiano. Apoteótico Final Organizado es un espectáculo marcado por la convivencia, orgánica y armónica, de diferentes estéticas y procedimientos. Manuel Santos Iñurrieta adopta algo de la vieja tradición de la comedia del arte, la atraviesa con el grotesco local, y produce un muy interesante rescate tanto de lo propio como de lo ajeno. La obra sumerge a los actores en las peligrosas arenas de la evidencialización de la representación y estos nunca caen en el gesto gratuito o innecesario. Los personajes estereotipados resultan profundamente creíbles gracias al buen desempeño actoral, y gracias al desdoblamiento que nos propone la puesta. Dentro del buen elenco sobresale Marcos Peruyero, como el gruñón director de escena, y Gonzalo Alfonsín que sabe sacar brillo a los diferentes matices gestuales y vocales que le permite la pieza. Las continuas apelaciones al público, que realizan los actores, provocan (además del evidente efecto de distanciamiento) una necesaria y saludable complicidad con el espectador. De este modo la obra nos hace partícipes de un deleite exquisito y gratificante que el espectador no deja de agradecer y disfrutar. Con relación a lo visual, se puede decir que el espectáculo se revela cuidados y austero. La puesta en escena se desentiende del concepto escenográfico clásico y carga las tintas sobre los objetos dramáticos y de utileria, logrando un muy interesante resultado. En el inicio, mientras los espectadores ingresan a la sala, se ve sobre el escenario a dos actrices que caminan en círculo al compás de una música de característica hipnótica. Esta imagen opera en el espectador como una invitación a participar de una celebración, que en el transcurso de los minutos se nos revela como inteligente y cálida. El espectáculo nos hace protagonistas de una experiencia abierta en donde el espacio del espectador y de los actores se encuentran fundidos en una festiva atmósfera. El Apoteótico Final Organizado hace que el espectador no puede dejar de reír y de sentir, a su vez, una dulce melancolía. Hace que el espectador pueda tomar distancia e identificarse al mismo tiempo. Y hace que uno no pueda dejar de pensar que (a pesar del desencanto que nos plantea este disparatado tiempo) aun somos muchos los que seguimos soñando con el encanto de la melodía de un violín.
Publicado en: Críticas

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