Jueves, 01 de Enero de 2015
Viernes, 22 de Abril de 2011

Dos versiones con las mismas piezas

En esta revista ya hemos hecho varias veces loas a Alberto Ure. Para que conste en actas: no importa cuántas hagamos, nunca serán suficientes.

Leer cualquier cosa de Ure es como chupar limones. Ácido, pero irresistible. Y digo “leer” porque pertenezco a una generación que, lamentablemente, nunca pudo ver sus puestas. Así que tenemos que conformarnos con  Sacate la careta, Rebeldes exquisitosPonete el antifaz, tres volúmenes que recogen su pensamiento esparcido y desparramado a lo largo de su carrera. Cuando me encuentro desconcertada, abro cualquiera de sus libros en cualquiera de sus páginas y me encuentro cosas como éstas:
“El espectáculo, en cualquiera de sus ramas, puede sacar algunas conclusiones precarias pero útiles de los hechos sucedidos después de la caída de la URSS y de los regímenes de su órbita. Una muy elemental es que ni el sistema más organizado de control imaginario, la más represiva de las censuras, tiene efectos duraderos sobre la vida real del público. La gente ve y escucha lo que puede, lo que tiene delante, lo que le dejan, pero piensa lo que se le ocurre. Incluso puede experimentar –por miedo, por pereza o porque no puede elegir- una adhesión emocional, pero eso no es sino una ilusión provisoria. Alguna ilusión hay que tener, aunque uno sepa que es una cretinada repugnante. Incluso se la puede tener para después sentir náuseas y vomitarla con alivio. Siempre es más entretenido eso que aburrirse.
Seguramente, lo huesos de Brecht se deben estar revolviendo en su tumba, maldiciendo a McCarthy por haberlo expulsado de Hollywood, y obligado a ir a dar clases de conciencia socialista allí donde hoy florece, entre su esclarecido público, la derecha más violenta de Alemania”, Ure, Alberto (2003) Sacate la careta. Ensayos sobre teatro, política y cultura, Buenos Aires, ed. Norma, p. 279.
Esto pensaba allá por 1994, no muy lejos de la época en la que se había sentado a escribir La familia argentina, única dramaturgia de autor en su haber. Y solamente porque su ACV de 1988 lo obligó a alejarse de la dirección teatral.
De la risa a la desesperación; del chiste a la tragedia; Entre esos extremos oscila su pensamiento, ya sea en versión de ensayo o en versión de obra.
La familia… está escrita en los márgenes de una poética que ya no estaba de moda en los inicios del ´90: el realismo. Pero es un realismo tan exacerbado que, casi casi, apunta al grotesco. Y quién iba a reconocer mejor este espíritu que Cristina Banegas, una de las personas que más ha trabajado con Ure a lo largo de los últimos 30 años. Por eso nos encontramos con una de esas típicas salas de estar/living de las puestas realistas: el infaltable sillón, una mesa, un par de sillas, aparato de música, máquina de escribir, alfombra en composé… y whisky, el eterno espirituoso del “mirá qué mal que la estoy pasando”.
Puteadas para tener, guardar y repartir (incluso Carlos, uno de los personajes, reconoce esto cuando dice “Más no se puede insultar; van a ser todas repeticiones”) y un poco de Madame Butterfly completan la puesta.
¿El argumento? Piensen en Woody Allen y Soon-Yi, pero a la enésima potencia. “¿Pasará seguido y uno no se entera?”, se pregunta Laura, anonadada. El mundo psi, cuestionado violentamente. “Han visto cosas peores y no pasa nada”.
Personajes políticamente incorrectos: racistas, homofóbicos, simuladores, con discursos de izquierda y actitudes de derecha.
Una pinturita en un acto y un epílogo. Dos familias distintas armadas con las mismas piezas: Carlos, Laura y Gaby.
El texto es tan violento e incómodo, que en la platea los espectadores están más activos que nunca: mientras algunos se ríen, otros chistan pidiendo silencio, mientras se escuchan sus quejas de “cómo pueden reírse, con la tragedia que está pasando”.
Es que Ure es así, extremista. Y como todos sabemos, los extremos se tocan; por eso en la obra la tragedia y la comedia se aniquilan mutuamente todo el tiempo.
Pero nada de esto sería posible sin la dirección de la Banegas y, sobre todo, sin la destreza de nuestros tres protagonistas, Claudia CanteroCarla CrespoLuis Machín. Porque recordemos que el teatro del Ure es un teatro del actor, un teatro de fuerzas en escena, de intensidades. Y si bien es verdad que el elenco es talentoso, homogéneo y entiende perfectamente de qué va la mano, merece un aplauso de pie el trabajo de Machín. Hace ya bastante que este actor se viene destacando en cualquier cosa que hace. Desde aquella desopilante publicidad de cerveza -en donde le patinaba la r en la tapa a rosca- a esta parte, ha corrido mucha agua abajo del puente. Televisión, cine o teatro, Machín siempre paga. Pero la verdad, esta vez, una se queda con la sensación de que debería haberle dado algo de vuelto, porque tanta justeza en el tono, tanta pericia en una poética desafiante, tanta destreza ¿no será demasiado?

Publicado en: Críticas

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