Sábado, 08 de Febrero de 2020
Miércoles, 23 de Agosto de 2006

Hermanos Moretti presentan

El grupo La Terraza, dirigido por Francisco Lumerman, pone en escena su segunda creación, De cómo duermen los hermanos Moretti. Un grotesco grupo familiar que, tras un efímero éxito mediático, atraviesa los estertores de la caída.

Charles Baudelaire decía en un libro ya antológico, que la risa es siempre satánica, porque lo que nos causa gracia es la desgracia ajena. Nunca nos reímos con. Nos reímos de. La risa, entonces, viene del sentimiento de la propia superioridad... pero a la vez es uno de los síntomas más claros de locura. Sigue diciendo Baudelaire, que según los ortodoxos religiosos, la risa humana está íntimamente ligada al accidente de una antigua caída, a una degradación física y moral. Lo angélico y lo diabólico del hombre funcionan paralelamente. Por eso, seguramente, es que la risa (y no la alegría) fue muy temida durante tanto tiempo. Las reflexiones académicas, desde el medioevo hasta el siglo XIX, consideran lo cómico como bajo y degradante. (El nombre de la rosa de Umberto Eco viene automáticamente a la memoria, ¿no?). Pero si nos ponemos a pensar, incluso Aristóteles en Poética hace una división de géneros basado en lo moral: la tragedia representa las acciones sublimes y la comedia las acciones más bajas del hombre.
El regocijo en la desgracia ajena tiene también unos matices de perversidad que nos encargamos de cultivar y cuidar, E! True Hollywood Stories es un hermoso ejemplo de eso. Ascenso y caída mostrados en un tono “serio”, pero tan serio que produce risa. La televisión es lo que en nuestros días produce el nacimiento y la muerte del fenómeno; y como todo en la posmodernidad, a una velocidad apabullante.
Los hermanos Moretti son fruto de este delirio, a la manera de los Jackson Five, pero blanquitos y tercermundistas (¡ah!, y en vez de cinco son seis: Marta, Emilia, Ana, Victoria, Laura y Jorge). Un confuso accidente que acabó con el incendio de la casa, dejó a estos huérfanos con un bolso al hombro y un hospedaje provisorio en la casa de una séptima hermana recién descubierta (“¿hija de papá y quién, sos vos?”): Marta Moretti, o “Martita”, como le dicen, para diferenciarla de la otra Marta. Una foto con el Papa y el recuerdo de ocho Luna Park llenos es todo lo que queda de la antigua gloria. Pero de la presente desgracia también se hacen eco los medios, cuando, tras el apagón inicial, Mario Mazzone nos anuncia desde el noticiero de la tele, el nuevo infortunio de los hermanos Moretti. Para bien o para mal, estas noticias siempre tienen rating.
El espacio habla de la miseria: un ambiente oscuro y sucio donde conviven la cocina y el dormitorio, un patio de entrada, un segundo dormitorio y un baño que, dada la descripción que de él hacen los personajes, por suerte, nunca llegamos a ver. En este sucucho, siete hermanos, un vecino y un hámster se entrecruzan en una caída cada vez más profunda. Si los personajes están planteados como estereotipos (la obsesiva, la drogona, la ciega, la que se hace cargo de todo, etc.), las actuaciones les dan otras dimensiones y resultan impecables. Varias veces hemos dicho que los actores de hoy pueden colgarse del techo con los dientes mientras hacen abdominales, pero a la hora de hablar hacen agua por doquier. Es justo entonces remarcar el excelente y homogéneo (otra cosa poco común) trabajo por parte de todo el grupo: Johana Braña, Johana González Novarin, Rodrigo Gosende, Noelia Meza, Maia Pisano Casalá, Lisandro Rodríguez, Rosario Varela y Lautaro, el hámster. Mucho tiene que ver en todo esto la mano del director Francisco Lumerman, un “infante” de veinticuatro años, con más de cinco de experiencia escénica. Las jóvenes generaciones son cada vez más jóvenes.
Si el entrecruzamiento y la simultaneidad de escenas enriquecen profundamente la obra, la historia plantea algunos problemas. El comienzo es fácil, con los hermanos Moretti que llegan a casa de Marta tras el incendio; pero el final es difícil de identificar. Tan poco claro es el cierre, que los espectadores sólo aplauden cuando los actores saludan. No estamos planteando que el problema con la dramaturgia se resuelve sólo de manera aristotélica, con principio, medio y fin. Lo que decimos es que, en este caso, ni las marcas escénicas (hubo otros apagones para cambiar de escena) ni el desarrollo de la historia, hacen que podamos darnos cuenta de que el espectáculo terminó. Pero en el contexto general de la puesta, la obra sale airosa. Le sobran ideas, le sobra calidad estética. Con todo esto, la creación del grupo La Terraza se transforma en un work in progress de futuras obras que ansiamos ver.

Publicado en: Críticas

Comentarios





e-planning ad