Lunes, 29 de Julio de 2019
Viernes, 08 de Julio de 2011

Tiempos que sobran

Por Mónica Berman | Espectáculo Woyzeck

“Despacio, Woyzeck, despacio; cada cosa a su tiempo. Me mareas. ¿Qué voy a hacer con los diez minutos que van a sobrar hoy?”  Georg Büchner

Tal vez sea necesario recordar que el texto de Georg Büchner (1813-1837) es un caso de  fijación textual llevada a cabo a partir de cuatro manuscritos (borradores en todos los casos), cuya decisión  final (justificada a partir de un trabajo crítico) se adoptó en lo que fue dado en llamar “la edición de Munich”.
Agreguemos, además, que el hermano del autor omitió este fragmento de las obras póstumas, sosteniendo que era poco legible, inconexo y carente de decoro.
Posteriormente Woyzeck devino un clásico, pero este nacimiento forzado está en su mapa genético (perdón por el término). Sumemos  a eso el hecho de que Buenos Aires  tuvo una magnífica puesta, relativamente reciente, dirigida por Emilio García Wehbi.
Todo este prolegómeno tiene sentido sólo para enmarcar esta nueva propuesta de Woyzeck en el terreno de la experimentación (palabra complicada si las hay, porque en términos temáticos la experimentación científica está puesta en tela de juicio, acusada y condenada. En fin…).
El espacio es austero, casi económico. Pantalla al fondo y un piso blanco, como si se extendiera el lugar de proyección, lo que tendrá una incidencia central con respecto a la iluminación, porque el blanco primitivo se contagiará de los colores posteriores, en consonancia, además, con el vestuario del sector femenino.
Entre los objetos, escasos, se destaca una cinta para correr que se llevará claramente el signo del apuro.
¿En dónde se inscribe este universo? No hay datos que propongan un sitio concreto. Ni siquiera, casi, una época. Ahora bien: hay aquí una decisión de puesta en escena, porque todo el tiempo se juega con anclar y desanclar. Los parlamentos, por ejemplo, aparecen diseminados. La palabra, el discurso de uno, se despliega en los labios de otro, atraviesa sin distinción los cuerpos y las voces y pasa. Y es posible decir “el discurso” y no “el personaje”,  porque son justamente los discursos los que circulan.
Los gestos también están repartidos: hombres de pantalón con tirantes (que serán doctor, Tambor Mayor, capitán) se mueven de manera rectamente mecánica. Las mujeres de blanco tenderán a los movimientos oscilantes y curvos.
Una cuasi presentadora se llevará, entre otras palabras, las de Andrés, así referida en términos masculinos, en contraste con su presencia absolutamente femenina.
El paradigma del desplazamiento sucede en la pantalla: Woyzeck escucha al capitán, mientras lo afeita e interviene brevemente con algunas reflexiones que son de una contundencia feroz en labios de cordero. Pero en escena se ve a un capitán sentado frente a público y a un Woyzeck marchando casi enjaulado, en el blanco espacio que habíamos mencionado. La pantalla nos muestra a un hombre con barba que habla (no lo escuchamos, sólo lo vemos gesticular y hemos de entender que él y el capitán son, metonímicamente, el mismo). A medida que el tiempo avanza, su barba desaparece parcial y luego totalmente. Este pequeño detalle es el modelo de funcionamiento de toda la puesta (que se reiterará y que aparecerá en otro lugar importantísimo, que no pienso revelar, por si algún lector desconoce el argumento).
El otro podio está reservado a lo sonoro. Hay un intenso trabajo en ese aspecto, que incluye un acompañamiento “musical” y una serie de intervenciones cantadas y/o ritmadas a cargo de las mujeres-coro (en reemplazo de las canciones tradicionales alemanas mencionadas  en el texto dramático).
La última línea está dedicada al protagonista, Mariano Karamanian, que construye un Woyzeck que carga con los otros, los llevados adelante por grandes actores, y sale absolutamente airoso, en este difícil desempeño.  

Publicado en: Críticas

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