Martes, 06 de Enero de 2015
Jueves, 14 de Diciembre de 2006

Carmelinda ¿sueña?

Carmelinda ¿sueña? el regreso del hombre que ama. Convoca al abuelo del cuadro y al  pájaro muerto en su jaula. Borda nombres imposibles y espera con la paciencia de la que sabe que lo esperado ha de llegar. Aunque ella no lo vea.

La puesta de Daniela Ferrari, sobre un bellísimo texto de Alejandro Finzi, invita a entrar en un doble universo. Por un lado, el de la instalación del artista plástico, Edward Kienholz, The Wait, espacio que el propio Finzi postula como marco de referencia y que la directora amplía, a través de una galería de creaciones plásticas y musicales, y por otro lado, el texto del Finzi, que podría escucharse con los ojos cerrados.
Somos testigos de una historia que parece sencilla: una mujer, Carmelinda, espera a su hombre que va de puerto en puerto, ofreciéndole mendrugos de palabras, a través de brevísimos telegramas. Cuando se nos presenta, él está por llegar. En el silencio de la noche, Carmelinda ¿escucha? el sonido de los trenes que siguen de largo, sin detenerse en la estación.  
Si no fuera por la figura plástica que se encuentra detrás de ella, y que no vamos a revelar, la espera sería la de una mujer enamorada y sumisa que se gasta en el tiempo perdido de lo que su hombre tarda en llegar. Cuando él viene, lo hace por instantes y desaparece, para volver a fundar la espera.
Sin embargo hay otras voces, que no son la de Carmelinda, sola en la escena, que hacen comprender que la historia no es esa. Que parece, pero que no es.
María Rosa Pfeiffer asume el complejo papel de Carmelinda, conmueve, prestándole el cuerpo y la voz a esta mujer que no vive, sino en forma vicaria. Sin embargo, alguien decidió que de ese mismo cuerpo, saliera otra voz, que no puede ser la de Carmelinda (en realidad son, en el texto de Finzi, lo que podrían llamarse, sólo en términos formales, acotaciones escénicas) y ese modo escindido, confunde un poco al espectador.
Esta cuestión de “entrar y salir” del personaje, por decirlo de algún modo, establece una distancia que no es de lo más positiva, puesto que la belleza de las palabras sumada a una cuidadísima estética que instituye el lugar de las acciones, parece exigir, más que sugerir, la necesidad de la empatía. La lejanía, instaurada por la escisión entre el cuerpo y la voz, perjudica, a nuestro entender, la concepción poética de la obra.
Dado que hacia el final se produce la sorpresa (aunque los que miran con atención la instalación pueden sospechar desde el principio), es mejor haber estado cerca de Carmelinda, es mejor haber mirado desde su perspectiva, haber creído con ella que todo regreso puede ser posible, para luego saber que no es necesario entender, sino vivir la experiencia de ¿soñar de Carmelinda? 

Publicado en: Críticas

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