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Pucho Ponce

Pucho Ponce, 29 de diciembre de 1957, Villa María, Córdoba.
Cultor ávido de charlas larguísimas sabe de sí, de los demás y de la vida y destila ser uno de esos que subió a todos los colectivos que lo iban arrimando. Por lo demás, años de levantar pesas y de entrenar rugby le procuraron la paradita distintiva y el espíritu pertinaz fundamental para la cebada de mates sin desmayos.“Me gustaba la batería pero a los 16 me prestaron un viejo bajo Faim y al poco tiempo me gustaba mis primeros pesos en orquesta de baile de la zona. Forme un grupo de rock, Universo, y a los 20 me mude a Córdoba capital para estudiar ingeniería”.
En 1987 se fué de gira a Italia y 7 años se tomo para el regreso; siete años de salsas, tangos y merengues que tanto contribuyeron a su formación sentimental y a la mas tajante de sus definiciones: “me gustan las mujeres morenas, del tipo italiano, para ser exacto”.
No miente el bajista esposo de cuatro matrimonios anteriores que honran a Beba, odontóloga cordobesa que podría pasar consulta en el Trastevere y que le preserva el espacio vital para escribir, dibujar, conservar, recorrer el país con Los Tekis y volver a casa con ganas de volver a casa.
Dos hijos –Rebeca e Ismael–, le dicen papá, y una mamá –la Selva–, le dice hijo. Entre tantos lazos fuertes lleva unos cuantos años de hacerse extrañar el Cata Ponce, su tata.
A poco de bajar del avión de línea italiano y por medio de su amigo Pepe, sonidista de Los Tekis, conoció a los chicos recién consagrados en Cosquin ’95 y fue convocado para tocar –junto con Walter Sader-, con vistas a cumplir una serie de actuaciones veraniegas.
Pero se fue quedando, se fue quedando y se quedó. Afinidades electivas el nombre de la razón.Casi uniforme él viste de punta en negro mas una cresta entre punk y puercoespín que lo revela consumidor compulsivo de geles, Pucho Ponce –galán de antaño en la delicadeza de las formas, elegante bebedor y vividor intenso de la vida–, es un provocador innato que disfruta lanzando frases kamikazes sobre Edipos y otras yerbas, minutos antes de que comience un show.
Hace base, como la tierra maternal, y el amor que profesa por Los Tekis se le desborda cuando los contempla en acción, acodado en la retaguardia de sus muchachos, muy conciente de que la vida siempre fue brindada con él porque él siempre fue brindado con la vida.
Dice que si hay algo que no le gusta son los días con viento fuerte –tampoco los vuelos shackereados– pero, por los demás, se lo percibe personal apropiado para disfrutar de todo mucho. En especial de los abatares, trapisondas y sucesos de su amada banda, digna destinataria exclusiva de la consigna “Tekis for ever hasta que apague el sol”

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