Sábado, 10 de Diciembre de 2016

Opiniones sobre Matar Cansa (3)

  • Martes, 19 de Junio de 2012Matar Cansa

    Guillermo (11)

    Muy buena
  • Martes, 25 de Octubre de 2011Matar Cansa

    Liliana (14)

    Muy buen espectáculo. Me pareció excelente el texto y muy buena la actuación, sobre todo en la primer mitad de la obra.
  • Domingo, 28 de Agosto de 2011Matar Cansa

    Natalia (56)

    “(…) Del límite humano sólo me resta el instinto de coagularme en palabras, pero éstas no son ya nada y me debato como un árbol o una fiera antaño hombre y ahora incapaz de expresarse. Cedo, reacio porque sé que mi naturaleza es otra, y cada vez encuentro en el fondo de este ímpetu una vana saciedad (…) Es en suma, pecado, como el libertinaje, como el sadismo y la embriaguez. El límite humano-el mío-entraña esta norma: lo que se quiere y no se puede expresar es pecado. Peor: es futilidad. Se le consiente sólo este perdón: el recuerdo. A través del recuerdo, lo que era inhumano y bestial puede acaso rescatarse y emitir un sonido de clara razón (…) Dos naturalezas se han enfrentado: una tensa, espasmódica; otra, inexorable y bruta (…) En su brutalidad ese estado es un esfuerzo, aunque sea fútil, por endiosarse a través de la bestia. Como el beber o el matar.” Cesare Pavese

    La belleza no tiene “una” estética. La antiestética supone otra de las tantas formas dentro del arte; ya para protestar, ya para contradecir los parámetros comunes, ya para alcanzarla (la belleza) recorriendo otro camino. Así aquí en Matar Cansa. El detalle del horror y la atrocidad; la descripción minuciosa de un acto perverso encarnado por un generoso actor poseído por una extraordinaria dramaturgia. La poesía de su lenguaje nos habilita el testimonio de lo repulsivo desde un registro melancólico que resulta en una batería de imágenes de inusitada potencia que comprometen, implacablemente, toda nuestra sensibilidad. Es ingrata la tarea de contar lo que no se quiere oír, como develar lo que no se debe saber; denunciar. Naturalizar la crueldad. El bien, el mal. Vigilar y castigar. Lo cultural, lo primitivo. Pero qué bien funciona cuando el arte asume este rol y es la ficción la que recorta un tramo oscuro de la realidad, de alguna realidad, y lo deifica. Esta pieza de teatro propone un exhaustivo recorrido por el gesto humano (en tanto inspiración, fenómeno y lenguaje). Un espacio casi vacío. El crujir de unas escaleras. El silencio que dice del temor. Admirar lo prohibido. Relatar-retratar también-al otro desde la contenida admiración: ¿Represión? Tensión; pensamientos desnudos. El pudor. Algo de la intimidad violada. Víctimas. El acto de profanar la identidad. Abusar de la libertad. Perderla. Despuntar con goce el método del profanador. Convertirse en su memoria. El deseo y el derrape. Callar los gritos. Ahogar el instinto. Ahogarse. Volver a incomodarse. Ignorar la piedad. Padecer también. Creer con efusiva pasión, adorar; vicios de un fanático. La lasitud y el hastío de un ser; su insoportable soledad. Lo efímero del éxtasis y la inutilidad de la calma. La insaciable insatisfacción humana. La pelea, cualquiera ésta sea, para no vivir “deshabitado”. Una sala de teatro; un actor muñido de un texto excelso; un trabajo de luces riguroso, dedicado y protagonista; la dirección precisa y delicada que exige ese texto. El talento repartido. Una tierna y descarnada propuesta. “(…) En cuanto hablar consiste en provocar la desaparición de lo que es en la palabra que lo nombra, el acto de dar nombre a la muerte no tiene otro significado ni otro efecto que el suprimirla (…)” . Este mismo autor (Eduardo del Estal) dice “se escribe para no morir”. En virtud de esta digna causa-digo yo-se hace este teatro. Que no cansa; más bien incita. Desafía también.
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