Viernes, 09 de Diciembre de 2016

Opiniones sobre El ahorcado, historia de una pasión

  • Lunes, 16 de Agosto de 2010El ahorcado, historia de una pasión

    Horacio (191)

    Quienes cultivamos el gusto por la historia argentina sabemos que el fundador de la Unión Cívica Radical, Leandro N. Alem, en sus años jóvenes decidió cambiar su apellido original Alén, como un intento algo desesperado de eludir la humillación que le significaba ser "el hijo del ahorcado".

    Su padre, Leandro Alén, había sido en efecto fusilado y su cuerpo exhibido en un a horca en la plaza de la Concepción, fruto de una sentencia condenatoria a la que se lo sometió respecto de los delitos que perpetrase durante los años de Juan Manuel de Rosas, cuando fungió de renombrado miembro de la "Sociedad Popular Restauradora", la "Mazorca", temible policía rosina.

    De las cavilaciones, culpas, cuitas, desvelos y delirios de Alén en prisión trata la obra que recomiendo, encarnado su personaje central (Alén, desde luego) por un impecable Héctor Bidonde.

    Stella Camilleti, autora de la pieza, bucea sobre el personaje y sus sensaciones en un momento tan duro, transitando la senda del Tato Pavlovsky en la aún vigente "Potestad", que versa acerca del dolor de un apropiador al que le han quitado de su lado a la hija que adoptiva que apropiase de manos de los sicarios de la última dictadura militar.

    Igualmente en. "El ahorcado...", se trazan correspondencias demasiado claras entre aquel pasado violento y definitorio con otras violencias más cercanas, más presentes: protesta Alén acerca de su suerte siendo que se había limitado a "cumplir órdenes", interpela a un colectivo imaginario constituido por los espectadores, espetándole que gracias a sus hazañas, equívocamente leídas como crímines que lo tranformaban en un "monstruo" a los ojos de esa sociedad desaprensiva, podían gozar las gentes honorables de un orden que hasta su intervención -y la providencial de su jefe y amo- no existía.

    Aunque desde un desprecio y un juicio igualmente condenatorio de la actuación de Alén en esa etapa cruenta del siglo XIX por parte de la autora del texto, es eficaz la forzada convivencia que en ese encierro enloquecido, hace compartir al protagonista con uno de los bufones de Rosas, papel excepcionalmente jugado por Cutuli.

    En especial, aunque en el altísimo nivel de sus compañeros de elenco, destaco la perfomance de una sorprendente Heidi Fauth, en el papel de la hija del condenado, Marcelina, cuanto de Manuelita Rosas en el marco de una alucinación del protagonsita.

    Resultó a su vez importante la música en vivo, ejecutada por un dúo de cuerdas a cargo de Juan M. Costa y Guido Solari.

    Excelente y necesaria.
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