Domingo, 16 de Octubre de 2016

De Carlos de Urquiza
Uno de los esfuerzos mayores en nuestra cultura es esconder, disimular, y de ser posible, negar los efectos que el paso del tiempo provoca en el ser humano. Envejecer es un disvalor, en tanto que la enfermedad y la muerte se oculta en salas de terapia intensiva y salas velatorias impersonales, asépticas y ajenas, mientras que la fantasía de la eterna juventud y de la inmortalidad reina en la publicidad, en los quirófanos, en las tinturas y los gimnasios. Lejos quedaron las épocas en las cuales la familia reunida alrededor de la cama, daba su último adiós a su ser querido, quien moría tomado de la mano del afecto; más lejos aún el luto y las visitas de pésame, recordatorios persistentes de lo irremediable. Con una ingenuidad inigualable nuestro tiempo cree que quitando los signos, la realidad es modificada y la muerte puede ser vencida con dos vueltas diarias al lago de Palermo. Son las características de una cultura exitista, fundada en valores precarios y superficiales, individualista y ajena a la esencia de la vida, la cual trae de la mano irremediablemente a la muerte. Cerrar los ojos para no ver el final es posible que también nos impida ver el camino. La "Señora Mayor" está allí arriba luchando por la vida, mientras que la certeza de la muerte impone condiciones en los vínculos, determina los tiempos y los ritmos, instalando a todos en un contexto diferente, en un extendido compás de espera después del cual nada volverá a ser lo mismo. Cuando el deterioro sea transmutado en ausencia, un nuevo ciclo estará por comenzar. Reservas al 4361-8358 y 4362-2347.




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