Viernes, 29 de Enero de 2016

De Valeria Andelique, Mariano Dufour, M. Amelia Haye

La Marta hotel es una obra diseñada quizás inconscientemente como un juego, no hay historia lineal, no hay principio-nudo-fin, sino una explosión de acontecimientos que se van encadenando hasta desembocar en una historia contrahecha, una historia deformada por la “lógica” del humor y la “lógica” de la poesía que se superponen.
Un hotel en una ruta ignota:
Habitaciones en donde todo puede ocurrir, donde distintos personajes viven sucesos particulares y de a poco, se van uniendo por lo imprevisible de los acontecimientos, por el estallido de los cuerpos en el encuentro.
La vida de esos personajes que de alguna u otra manera se conectan por determinados sucesos, a veces inesperados y siempre algo bizarros, en la habitación de un hotel de mala muerte, quedando expuestos, dislocados y desnudos. Y es allí donde todo comienza a rasgarse, al punto en que las palabras quedan desposeídas, como el gesto de una mancha de humedad queriendo decirlo todo sin poder. Porque las palabras ya no alcanzan, el tiempo se expande, se rompe hasta perturbar el cuerpo, dejándolo marcado por ese desastre que podríamos llamar la biografía.
Cuerpos frágiles, entonces, llevados a actuar siempre para sí y a olvidar que no existe "el sí sin el otro", en una suerte de negación de la otredad (aquello que constituye y diferencia lo idéntico). Esta negación y la acción sin medida como desencadenantes de la fatalidad, de la pérdida, del desencuentro, al tiempo que la poesía viene a devolver el cuerpo, a devolver lo que queda de sensible en un tiempo y un espacio que no pueden deshacer tantos recuerdos. La poesía es lo único que vehiculiza el movimiento de los personajes, su movimiento emocional, por eso es vehículo de la acción, devuelve, como un antídoto, el cuerpo a la tierra, como si por momentos el cuerpo se liberara de las consecuencias de lo que ha hecho.
Sin la irrupción de la poesía, los personajes estarían ligados irremediablemente a actos de los que jamás podrían recuperarse (aunque de hecho eso sea fatalmente cierto para algunos). Es esta irrupción, que pone en tensión el género mismo de la obra, lo que da lugar al nacimiento de lo nuevo, abriendo el juego en el que los personajes, a menudo sin comprender las obras del tiempo, hacen, prometen y de alguna manera, se perdonan.





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