Lunes, 25 de Enero de 2016

De Laurent Gaudé

La obra se desarrolla en un páramo de un país devastado por la guerra. Dos supuestos sepultureros llevan a cabo su tarea con aplicación: hacen desaparecer los cadáveres, quemándolos. Dicha tarea se hace cada vez menos soportable para ellos, repercutiéndoles en su cuerpo. Una mujer, sobreviviente de la gran matanza, se levanta de entre los muertos. Estos hombres la aceptan, pero haciendo que los ayude con la tarea del crematorio. Pero ella no les habla, sólo se dirige a los muertos.
Las voces se responden sin hablarse. La presencia de los muertos, de alguna forma, invade a los vivos...

  • Esta obra cuenta con el apoyo de la Escuela Metropolitana de arte Dramático (EMAD).
  • Este espectáculo cuenta con el apoyo de la Embajada de Francia en la Argentina

Crítica traducida del diario Buenos Aires Herald – 08/08/08.

Un sombrío paisaje para personajes torturados.

En el momento en que Ud. ingresa en este lugar tenuemente iluminado, queda atrapado por una ominosa sensación. Hay un paisaje sombrío, en el que un torturado, muerto árbol está parado como un sordo grito de angustia en la tierra estéril, arrasado por la guerra y cubierto de basura (un buen trabajo de Magalí De Milo, Paula Nieves y Adriana Ovelar). Unos pocos utensilios y herramientas, y un gran montón de zapatos son el único signo de ausencia humana, porque los dos personajes convulsos que aparecen detrás del montículo poco pueden considerarse una presencia. Ellos se ven sucios y harapientos, arrastrando algo laboriosamente, que finalmente pasa a ser alguien. Estos seres, sin duda merecieron ser llamados hombres, en el pasado, pero su trabajo actual y su ámbito, los ha degradado a un estado de sombras sólidas. Estos seres son explotados, olvidados y rechazados por todos, y se supone que queman una fuente de cadáveres que nunca termina.
Uno de los cuerpos que arrastraron pertenece a una mujer, y resulta que ella está viva. Un fugitivo, un enemigo que no es un enemigo, dada la circunstancia. La existencia sucia y miserable de estos hombres se ha vuelto inútil. La única señal que muestra una semblanza de de vida aparece en su decisión de protestar contra el uso de gasolina a disponer para quemar los cadáveres. Uno de ellos insiste en usar cal y deciden protestar en contra de sus invisibles superiores. La presencia de la mujer pasa casi inadvertida para los hombres y la comunicación entre ellos y ella es prácticamente inexistente, aun cuando la hacen su esclava. Ausentemente, ella recuerda su vida, les habla a los muertos, y explica cómo llegó allí. Aunque está bastante golpeada a sí misma, ella es todavía un ligero rayo de luz en medio del horror en el cual están sumergidos. Estas criaturas se encuentran atrapadas en diferentes cárceles paralelas. Movimiento y desesperanza es todo lo que tienen en común, aunque no se relacionen. Un último atisbo de vida aparece cuando la protesta intenta desesperadamente convertirse en una huelga.
El resultado es tan ominoso como tocante, sobre todo gracias al gran esfuerzo de los actores. Julio Pallero y Enrique Melinao, extraen hasta la última gota del patetismo que el dramaturgo Laurent Gaudé ha puesto, en lo que finalmente es un hermoso y angustiante texto. María Horton atraviesa su parte, perdiendo las oportunidades que le ofrece su papel, que no afecta en absoluto la fuerte dirección y la atmósfera de Rafael Albizúa, y la casi mágica iluminación.


Alfredo Cernadas.





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