Domingo, 16 de Octubre de 2016

De Jean Racine

Berenice cautiva, reina de un desierto, reina de Palestina, ama a su raptor. Tito, un general de las legiones romanas, la hace prisionera en lugar de matarla. El escándalo de la pasión: toda Roma devora las noticias. Muerto su padre, Tito es nombrado por el Senado emperador. Roma le impide desposarse con una reina, con una extranjera. Tito, que ama apasionadamente a Berenice, y que incluso, le ha prometido desposarla, debe expulsarla de Roma, a su pesar, desde lo primeros días de su imperio. Es Antíoco, enamorado de Berenice y testigo predilecto de ese amor célebre, a quien Tito confía la misión de comu­nicarle a la reina que debe partir. Berenice se resiste a entender y arrancada del deseo amenaza con suicidarse. Tito y Antíoco declaran que no podrán responder más que con sus propias muertes. Berenice, que ha tomado las riendas de su tragedia, pide a los hombres un esfuerzo más: vivir. Renuncia a lo que más ama, a Tito; se aleja de Roma y de la fidelidad de Antíoco. Tito y Berenice, unidos por su misma separación, sobrevivirán a la tragedia del amor como fantasmas.

Representar a Racine:
Con Racine asistimos al escándalo de una palabra que se atreve a decir lo que la palabra de todos los días se niega a expresar. En nuestra puesta en acto los actores frecuentan la "imaginación creante" de la obra raciniana: al emitir el texto son escritores, dueños de la palabra y de la propia voz; al escuchar, lectores que inauguran la relación con el otro y, finalmente, al percibir, actores o fantasmas del escritor que mediante la frase crean el acontecimiento. La actuación trágica es para nosotros un estar allí puro y simple de la palabra. Y es la fuerza operante de la palabra la que constituye al mundo ético donde tiene residencia la tragedia. En Berenice la verbosidad de la confesión y el examen de conciencia, diríamos, un reflexionar inspirado constituye la materia prima del diálogo. Esta intelectualización del diálogo hay que entenderla en el sentido clásico del término: placer por comprender. Los personajes racinianos hablan en su propio desierto pero el hablar es una alegría en estado puro: la palabra apacigua; humaniza nuestras pulsiones o hace de la pasión un padecimiento acotado. En ese sentido, la pasión esclarecida por la razón tendrá la capacidad de reestructurar nuestras vidas. Para nosotros el de Racine es un teatro del desequilibrio que busca la ecuanimidad; teatro racional que habla lo irracional. En fin, teatro de la razón apasionada (...)

Esta obra ha sido realizada gracias al apoyo de: Fondo Nacional de las Artes. Proteatro, Fondo Metropolitano de las Artes y de las Ciencias, Andonfilms y el Banco Credicoop.

Cuenta con el Auspicio Institucional de la Embajada de Francia en Argentina, Alianza Francesa de Buenos Aires y de la Cámara de Comercio e Industria Franco- Argentina.

Clasificaciones: Teatro




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