Jueves, 14 de Enero de 2016

Api significa "fuego" en indonesio; agak, "ir hacia" en sánscrito. Agapí es, entonces, una forma de ir al fuego: al deseo. La clave del origen del mundo se encuentra en el deseo amoroso y en la búsqueda de su satisfacción. Los seres se buscan, se encuentran, se atormentan; y finalmente, cuando el dolor es agudo, renuncian. Así, el amor encierra el anhelo de morir en lo anhelado, de fundirse en uno. El mismo acto de amor, en lo biológico, expresa ese anhelo de disolverse en lo disuelto. La meta suicida del "amor verdadero" radica en la destrucción del dualismo. La insoportable idea de la separación, es el sentido de la pasión: las partes sienten la mutilación de la soledad y desesperadas se abrazan, se fusionan ansiando volver a ser una sola naturaleza. La amenaza de la separación las obsesiona, hasta la muerte.

El espectáculo de danza contemporánea combina elementos del Butoh y de las danzas Balinesas y javanesas. Es el cierre del trabajo de investigación del coreógrafo Daniel Vulliez, iniciado en sus obras anteriores: Didimas y Tetradikos. En Agapí Vulliez indaga sobre los impulsos que mueven a las criaturas a buscarse, anhelarse y encontrarse. Y también profundiza sobre sus consecuencias: consumirse en ese deseo de morir en lo anheldo. El coreógrafo trabaja tomando características de las expresiones oreintales y las pone en relación con en el tiempo, la espacialidad, los silencios, el lenguaje corporal, la dramaturgia y otras dinámicas del lenguaje del movimiento contemporáneo.

Esta obra fue realizada mediante un subsidio del Instituto para el Fomento de la Actividad de la Danza no Oficial de la ciudad de Buenos Aires (Prodanza)





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