Viernes, 15 de Enero de 2016

De Jorge Diez
Esta representación gravita sobre los deseos y miedos que desarrolla un ser obstruido que fomenta, en extremo, su capacidad de significar. En un corto espacio de tiempo se le presentan diferentes situaciones derramadas por la lectura que hace su imaginación de un afuera que lo aterroriza. Creando así, fundamentos y fantasmas con los que se vincula. Muchos de estos son articulados merced a la necesidad de encontrar una motivación para poder seguir engendrando sus relatos y, de esta manera, revalidar su existencia. La agorafóbia que lo invade hace que los sonidos circundantes se transformen en seres dinámicos que lo atormentan o ayudan, de acuerdo a los estados por los que va atravesando. La máquina de escribir es su alter ego y él la padece como si fuera un pulpo que lo mantiene atrapado y que, cada vez que trata de evadirse, le demanda en su rol de escritor. Una mujer que presuntamente se encuentra en la habitación contigua y con la que se comunica de manera unilateral, ya que ella nunca responde, introduce una atmósfera incierta y conflictiva que ahonda aún más su perplejidad. El aislamiento es inherente al recorrido desbordante por el que transita este hombre al que la materialidad lo ha desalentado. Los fantasmas que él ha instaurado comienzan a abordarlo, llegando incluso a trastocar su representación de los objetos con los que convive. Así, desde el sonido de las teclas de la máquina de escribir, ve emerger una bailarina de flamenco. Surge junto con ésta la acumulación del apetito, resumido en la imagen femenina. Culmina por recobrar aquellas entidades que ha creado como forma de eludir el encierro y descubre, sin premeditarlo, una alternativa para afrontar su realidad.




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