Lunes, 17 de Octubre de 2016

De Miguel Dao
El territorio en el que se mueven los personajes de PURA JODA es aquel paisaje de suburbio añorado por el tango y que retorna en la actualidad bajo características de hacinamiento, precariedad e inseguridad. El punto de partida de la obra lo constituye el arbitrario examen al que es sometido un muchacho humilde para su ingreso a una agrupación barrial que desarrolla misteriosas actividades. Quien lo evalúa, EL RENGO, es un personaje que comparte con los grandes arquetipos del grotesco nacional, su condición residual, de superviviente anacrónico, en medio de una realidad hostil. También, como aquellos, su conducta y pensamientos resultan de un cómico patetismo: abyecto, casi obsceno, coexisten en él lo siniestro y lo entrañable. Sólo lo redime la desmesura de su comportamiento, y es precisamente esto lo que genera la acción y construye al mismo tiempo, la singular poética de la pieza. Apuntes sobre la Puesta en Escena. Alberto Wainer La ciudad, sobre todo su postergado sur, va retomando irremediablemente, rasgos de un paisaje o color local, que se creyó perdido y añorado como un paraíso irrecuperable: precariedad, margen, desniveles, huecos baldíos, antiguas posesiones usurpadas por industrias, hacinamiento, inseguridad. La historia se repite, esta vez en forma de grotesco, porque la recuperación del espacio mitológico es necesariamente paródica, porque el verdín o el yuyo, el charco y los socavones no son clave de la obstinada resistencia de la pampa, sino excrecencias de algo que se corrompe, porque del rancherío emerge un violento despojo infrahumano, víctima y victimario. La sordidez es la clave de la puesta, el gris el color dominante, la miseria ocupando el primer plano.

Este espectáculo formó parte del evento: Todos al Teatro





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