Lunes, 07 de Noviembre de 2016

De Félix Mitterer
A modo de prefacio de la obra, Mitterer cuenta que a la salida de un festival de teatro en el que se representaba una de sus obras, se le acercó un hombre desesperado quien le reprochó que no representaba en sus obras la verdadera situación del pueblo. Le contó que su madre, de edad avanzada, vivía desde hacía varios meses en el auto del hijo menor en la puerta de su ex casa y que para llamar la atención sobre su problema, había comenzado una huelga de hambre. La mujer fue desalojada por el hijo mayor quien compró la casa materna en un dudoso remate judicial, después de que la mujer se negara a pagar los impuestos considerados injustos. El autor se trasladó al auto, conoció a la protagonista: una mujer anciana que luchaba sola, ayudada por el menor de sus hijos. Ella le pidió que contara su historia en una obra teatral. Mitterer contestó que la función del arte no era solucionar problemas. La anciana falleció meses más tarde. El autor dice que en aquel momento él no pudo hacer nada por aquella mujer. Sin embargo, años más tarde, escribe “La mujer en el auto”, donde utiliza esta historia para articular una metáfora sobre la relación entre los sujetos y el poder, la fuerza de la injusticia, la voluntad indoblegable de los seres humanos ante la impunidad. La pieza es una tragedia contemporánea que Mitterer sitúa en Austria en 1997, pero en realidad esta historia de injusticia, desidia, abandono de los ciudadanos por parte de las autoridades, podría ocurrir hoy en cualquiera de nuestros países de América Latina. La acción fundamental de la anciana es la resistencia, y quizás la resistencia sea hoy la única posibilidad para nosotros, individuos solos y vulnerables frente al poder, en un mundo globalizado. Esta posibilidad de resistir nos devuelve nuestra condición de sujetos sociales.




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