Miércoles, 30 de Marzo de 2016

De Héctor Giovine

En este año de 2001 se cumplen 100 años del nacimiento de Enrique Santos Discépolo y 50 de su desaparición; también 30 años de la muerte de Don Armando Discépolo. Este trabajo quiere ser un homenaje a tan notables exponentes de nuestra cultura. “Yo creo que el público quiere pensar entre sonrisa y sonrisa. Por eso he planeado esta audición, que está ubicada, precisamente, en el país de la sonrisa, donde los hombres son simples, como debiéramos ser nosotros que vivimos tan complicadamente, sólo por habernos complicado los problemas sin necesidad de hacerlo. Creo que la expresión burlesca del dolor es la verdadera modalidad porteña. El criollo, y sobre todo el porteño, tiene como pocos el pudor de sus emociones y de sus sentimientos. Por eso no los exterioriza. Trata de despistar cuando habla. Es el temor a la cachada. Y para que no lo cachen los demás, se cacha él mismo. ¡La cachada!... En ella reside nuestra debilidad y nuestra fuerza.” Enrique Santos Discépolo

El texto

La cicatriz deviene del tajo y el dolor, del gesto que se quiebra, de los ojos abiertos sin entender por qué. Luego, de a poco, las aguas se aquietan y los ojos se quedan sin miradas y el sueño se traslada para explicar la creación. Y surge nítida “La cicatriz ajena”. ¿Qué es? Un sueño, o varios... Estados de ánimo metidos en una bolsa aterciopelada de mago... Sensaciones del alma expuestas a cielo abierto y corazón herido... Personas y objetos que pasaron por la tierra y ahora están en otra dimensión... Sonrisas y miradas enternecidas que acá fueron dolor y ahora tienen la comprensión del límite traspuesto. Discepolín decía: “Tengo una idea dando vueltas en el ventilador del mate”, y tal vez podamos decir que “La cicatriz ajena” es un collage de ideas, de sentimientos, de emociones dando vueltas en el ventilador del mate. ¿De quién?, no sé. ¿Del pianista? ¿De Él? ¿De alguno de los otros personajes? ¿Del espectador, que mientras espera que empiece la función sueña que está en el teatro donde representan “La cicatriz ajena” y él es el protagonista? Ensueños y una ternura que flotan en el lugar del encuentro y nos envuelven, no para aislarnos de la realidad sino para resguardarnos de ella. Y darnos ánimo. Héctor Giovine

En el tiempo y el espacio

Un espacio desolado, sin límites físicos ni temporales. En el mismo, los gestos, las palabras y las cosas no terminan de fijarse. Las imágenes, siempre polivalentes, podrán contar diversas historias en el mismo lapso. El revoltijo es pasional, inenarrable, sensorial. Es la escenificación del inevitable tránsito hacia otro lugar. Es un intento por poner en escena el rito de paso entre la vida y ¿la otra vida?. Dialéctica y crisis entre persona y personaje; entre hombre y mito. La caja escénica es una especie de limbo eterno, sin castigadores ni castigados, habitado por un puñado de seres torturados solo por su propia sensibilidad. En el escenario está ese reconocible desamparado que, de todas formas, nos repite que creer es posible y soñar una obligación. Ahí está él, impulsado y mordido por sus ángeles con cuernos, en un mundo demasiado parecido a un tablado de varieté. Ahí está él, tironeado por su origen y destino, atormentado por el espejo que se empeña en desdibujarlo, acosado por el tiempo que amenaza con dejarlo atrás. Ahí está él, tentación para el teatro, personaje que pronuncia: "Hermano mío..., que estás en la tierra..., yo seré siempre contigo". Discepolín, ¡che! Enrique Dacal

Este espectáculo formó parte del evento: Todos al Teatro





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