Edipo

Edipo, culmen dramática y literaria de todos los tiempos, constituye las raíces de este infecto árbol ideológico y cultural, el que hemos dado en llamar “sociedad”, al menos de este lado occidental de la fábula, o, minimizando aún más, de los cimientos de la dramaturgia universal.. Y, a partir de este texto, de esta turbada y aprensiva relación maternal, toda la psicología teórica justifica cada acto proyectado por el hombre. Sin duda alguna esto crea las bases de una etérea intelectualidad con ambiciones filosóficas, y, en otros casos, en esos más fundamentalistas, con aquellas ambiciones... mesiánicas.

El director reconoce estas cualidades que menciona pero, intentando darle una proyección teatral más diáfana, y amparando su pobre conocimiento, desdeña esta imagen que considera, en el marco de esta modesta “mise en scene”, algo desmesurada y semiótica, para insertarla, restaurada, dentro de un juego nocturno, ebrio y producto, discutible por supuesto, de la imaginación. Para ello limita esta mórbida relación familiar tan solo a sus protagonistas, Edipo y Yocasta en este caso, sin desviaciones de índole poética; encerrando a estos ciegos personajes en una hermética escena de la cual jamás podrán salir, pero que los remolcará, temerosos, por laberintos enfermizos y oscuros; considerando que, también discutible, pudiesen formar parte solo del desvarío mental de unos seres obtusos, tristes, peligrosamente ociosos e insatisfechos, a quienes el raciocinio no solo no proyectó a un mejor ser humano, sino que los envolvió en un viscoso fango de ignorancia, escondiéndolos en esa pérfida ilustre... “ceguera de conocimiento”...

Si Sófocles jamás hubiese escrito esta maravillosa pieza teatral, y la psicología tradicional nunca la hubiese analizado... quién sabe...

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