Miércoles, 19 de Octubre de 2016

De Ignacio Apolo

En el sótano de un colegio de curas, Leto y Pescado, dos adolescentes de catorce años, espían por un agujero en la pared. Del otro lado, el baño de profesoras. Esperan a "La Correa", la de matemáticas, la mujer de sus sueños. Mientras esperan, juegan con sus fantasmas, se aburren y se miden con el peligro. Espiar ya no alcanza, se extreman, suben la apuesta: salen a darle a "La Correa". La experiencia los devuelve al sótano, lo que hicieron no tiene perdón. Buscan una explicación, algo no salió bien, no saben bien que pasó pero saben que nunca volverán a ser los mismos. Dice Diego Rodríguez, el Director: “Los personajes se ocultan y quedan expuestos al peligro, desde la puesta intentamos entonces establecer una dialéctica entre los actores y los personajes. Los actores–personajes quedan expuestos en escena durante la totalidad de la obra. El espectador se encuentra con ellos desde el ingreso a la sala hasta su retiro, ellos están ahí expuestos a su mirada y sus exigencias, indefensos y desprotegidos al igual que Leto y Pescado. El espacio los encierra, no los contiene. Intentamos producir este efecto a través del despojamiento de la escena de sus dispositivos de encubrimiento, no hay telones, no hay bambalinas, no hay camarines. Los actores – personajes se sostienen del agujero ubicado en el proscenio del escenario. Este agujero indicado por un vidrio con aumento, en lugar de ocultar su mirada, la multiplica y deviene en signo que narra la dimensión con la que Leto y Pescado ven lo que les es externo e inabarcable, el mundo. Los personajes están abajo y el peligro está arriba. Desde el lugar de los actores esta relación se invierte y el peligro está en la platea y su único resguardo es el límite que les provee el proscenio. El mundo para estos personajes existe en su imaginario, ellos construyen eso que todavía no es propio con sus fantasmas e ilusiones acceder a lo real es insoportable. Los actores de igual manera construyen su propia ilusión de algo que no les es propio, el texto; queriendo ocultarse en los personajes quedan expuestos al peligro de ser descubiertos La idea de exponerse sin mediación dentro de la vacuidad de la escena es insoportable. Los personajes son construidos a través de su lenguaje, palabras que suenan pero no producen efecto de sentido, son como estallidos que resuenan en los oídos del espectador, producen una textualidad en la que se manifiesta este universo adolescente que necesita nombrar “la cosa” ante la imposibilidad de atravesarla. Son palabras que todavía no les pertenecen. Los actores frente al texto ajeno, con palabras que no se terminan de acomodar a su lenguaje, atraviesan la misma experiencia que los personajes. Saben lo que tienen que decir, pero tienen castrada esa experiencia que aparece sólo narrada, lo real es sólo una ilusión”.

Este espectáculo formó parte del evento: Todos al Teatro





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