Martes, 19 de Enero de 2016

De Beatriz Mosquera
Una familia castigada por hechos violentos y una mujer que escapa de los estereotipos normales y construye su felicidad, con los mosaicos reversibles de su imaginación. Una trama íntima y por momentos vergonzante, se desarrolla en un difícil trasfondo personal, sin comunicación con el mundo exterior.
Madejas es una forma que se despliega y se confunde bajo la fuerza del deseo de sus personajes. Desde la cotidianidad de un hermano que llega a cenar vamos entrando en zonas de incertidumbre y ferocidad que nos hacen dudar de lo que hasta hace un momento considerábamos indudable. Un personaje ambiguo y excéntrico que no se atreve a pasar el límite de lo aceptado. Una mujer que busca la felicidad aunque deba renunciar a la comodidad de la cordura.
Perder la ilusión en alcanzar la felicidad, no sólo pertenece al mundo femenino sino al mudo humano. La felicidad nunca está donde estamos. Está en lo que perdimos o en lo que no alcanzamos.
Esa zona de perplejidad y penumbra, es la zona de “Madejas”, finos hilos de voluntad y deseo que nos van llevando al mar de una realidad sin límites, donde unos nadan en la superficie y otros se dejan hundir.




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