Martes, 26 de Enero de 2016

De José Sanchís Sinisterra

Compañía argentina radicada en España Segundo Viento

Ocurre a veces que el teatro, cansado de hablar del mundo y sus locuras, necesita mirarse el ombligo y hablar de sí mismo. Dejar de lado, sí, por uno o dos momentos, el enorme abanico de grandes y pequeños temas que la vida humana -llena de vida y de furia- le exige tratar, y preguntarse por sus propios hilos, por su urdimbre, por su magia y sus trucos, por su poder y sus debilidades. Y por sus cuatro puntos cardinales: el vacío, el silencio, la oscuridad y la quietud.

Más, ¡oh, fatalidad! también ocurre a veces que, al hablar de sí mismo, al pretender tan sólo jugar con sus recursos, interrogarse burlonamente sobre la trama de convenciones y artificios que lo constituyen como arte, poner al descubierto los mecanismos de la ficción y otras travesuras por estilo, el mundo se le cuela por las bambalinas y acaba por hacerse escuchar, por hacerse ver, por imponer inexorablemente sus temas grandes y pequeños.

Algo así sucede, me temo, en este pequeño tríptico que, fingiendo expulsar del teatro todo lo que no sea la propia esencia de la teatralidad, jugando a desmontar el entramado de la ilusión escénica -la acción, el texto, el personaje, el actor, el decorado, el autor, el público...-, no puede evitar darse de bruces con alguno de los temas cardinales de la vida humana: el ser y el tener, el origen y el fin, la muerte y la pervivencia.





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