Martes, 19 de Enero de 2016

De Duilio Lanzoni
A 400 años de la primera edición del Quijote, Artecon propone en la inauguración de la temporada 2005 una obra que remite, tangencial pero claramente, a aquellas memorables páginas de Cervantes.

Desde luego, disímiles formaciones socioculturales permiten (e imponen) el emergente de sujetos distintos. Entonces, de aquel flaco centinela de si mismo que tenía como fin supremo conquistar a Dulcinea, llegamos por el albur de Los Sitiadores a este Manchini que se propone redimir por derrota a la ciudad que sitia con la inestimable (por diminuta) ayuda de su hambreado ladero Sánchez. De aquellos bríos que impulsaban al dúo a “desfacer entuertos” batiéndose con molinos, leones y tunantes varios, somos convocados a reflexionar acerca de la necesidad que encuentran los neo quijotes de doblegar mediante el cerco a la vieja ciudad. La acción, en este contexto, busca imponer un nuevo orden, donde el confort personal deje paso al bienestar general; y donde el miedo y la inequidad pierdan imperio. Sin embargo, estos originales revolucionarios encuentran, más bien se chocan con los obstáculos que se derivan de la espontaneidad (que es por definición anti revolucionaria) y por supuesto, con los anticuerpos del propio sistema que quieren superar.
También en la irrupción de las mujeres, la obra presenta un aggiornamiento respecto de la novela más importante de todos los tiempos. Yénifer y Yésica trajinan las antípodas de la imaginaria Dulcinea, tanto en “virtudes” cuanto en esencia. Mientras ésta es producto de una construcción ideal que ennoblece al enamorado caballero, aquellas son de una innegable materialidad, y están lejos de aportarle algo de nobleza al sitiador; aunque, a qué negarlo, dotan de real belleza el escenario.




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