Domingo, 20 de Noviembre de 2016

De Pedro Gundesen

Kilómetro Limbo sucede en los alrededores de Rosario en un momento tristemente histórico: 2002. El Nene, un veterano camionero a punto de jubilarse, despierta en una cama que no es la suya con su cabeza vendada. Un incidente en la ruta lo dejó a él en ese estado y a su carga sin resguardo. ¿Cómo llegó a ese lugar?, ¿quién es la otra persona que está ahí?, ¿y las vacas que tenía que entregar? Muchas preguntas, ninguna certeza.

El Taqueño existió. Lo conocí. Un gaucho transformista en un pueblo de dos mil habitantes de la Provincia de Buenos Aires. Lo recuerdo en su sulky repartiendo leche y achuras que sobraban del matadero local. Un Robin Hood tripero.
Al camión jaula accidentado en 2002 lo recordamos todos. Una monumental carneada al aire libre televisada en vivo y en directo. “Una vez que se hacían de un corte, bañados en sangre, se alejaban con paso presuroso en dirección a sus casas”, publicó un diario de Buenos Aires en su cobertura.
Para El Nene, el camionero de esta historia, para la gran mayoría, el Otro es el Taqueño. Los Otros son los vecinos de la villa que faenaron las vacas. Habitantes de un Limbo desde siempre olvidado por Dios. Esa condición, que los sofoca por la falta de oportunidades, también los libera al infinito ¡es tan poco lo que aún conservan por perder! Ya no hay compromisos ni intereses que salvaguardar.
En el Kilómetro Limbo esos Otros se postulan en su condición de libres y soberanos como los más cercanos a ensayar una posibilidad superadora: La fraternidad. La unión sincera.

Clasificaciones: Teatro, Adultos




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