Domingo, 22 de Enero de 2017

De Manuel Maccarini
Juguete travestido por el cual los personajes transitan una cultura del trastoque. Clotilde y Emma son hermanas, hacendadas , con una historia "revolucionaria" y que han devenido en colaboradoras para la instauración de un sistema de vida globalizado, tirado por el carro de la perversión: funcionarios se conducen como vedetes y vedetes se comportan como políticos; sacerdotes ofician bautizos en el Gólgota de sangre. Rige el mercado bursátil, la cibernética, el consumismo. Pero el estado de inseguridad social es tal, que las obliga a vivir en el ocultamiento. La soledad las consume. La aparición de un tercer personaje y el pánico que les produce la idea de ser descubiertas y saqueadas las entrampa en el armamentismo. Sus vidas se han reducido al eterno anhelo de no querer ser quienes son, ni de estar donde están. Entonces advierten que sus cuerpos se readaptan, se modifican y paulatinamente se transforman. Las burbujas de las piadosas mentiras se deshacen; no obstante se hallan dispuestas a mantener su posición. Se han convertido en la futura amenaza de la especie. Apoyándose en un "teatro de actores" la puesta hace incapié en la reflexión sobre nuestro pasado más o menos reciente y nuestro estado de indefensión. Con algunos pocos y exquisitos elementos, nos proponemos llegar, a partir del absurdo y el grotesco, a un humor que refleje nuestro tiempo. La obra por el autor El disparador de SIEMPRE LLOVERÁ EN ALGÚN LUGAR es el travestismo. El travestismo tiene una remota vinculación con el juego teatral. Shakespeare lo manejó como un subyugante espejo móvil y Lope de Vega aconsejó: "Las damas no desdigan de su nombre y si mudaren de traje, sea de modo que pueda perdonarse, porque suele el disfraz varonil gustar mucho" Tirso de Molina lo admite cuando la doncella despechada se traviste con calzas verdes y parte tras su amado. La actriz Sara Bernhardt avanza más cuando personifica a Hamlet, a Lorenzaccio y anhela encarnar a Harpagón, de EL Avaro y a Mefistófeles, de Fausto. Sin embargo en sus memorias declara: "El arte teatral me parece más bien un arte femenino; contiene en sí mismo todos los artificios que son del resorte casi exclusivo de la mujer: El deseo de agradar, disimular sus defectos, y el poder de asimilación que es la esencia misma de la mujer." La sociedad machista ha sido condescendiente cuando una mujer traviste sus fronteras; pero es implacable ante el renunciamiento del varón. Jean Genet y Copi escandalizan cuando superan el mero disfraz de un sexo por otro, para construir una estética de la perversión sobre los mismos vicios del machismo. En nuestros días, el travestismo desbordó el campo teatral para instalarse en la sociedad como necesario ejercicio de seducción. Con el mejor sentido molieresco se convirtió en un recurso de sobrevivencia en un mundo de dobleces. Esto puede advertirse cuando se lo ve asociado a las esferas del poder: el travestismo de cada uno de los valores humanos que allí se manejan, supera su origen lúdico-sexual e invalida a la semiología. La palabra debe encubrir el acto, la acción no corresponderá al pensamiento. Ocultamiento y doblez ¿Indefinición? Ambivalencia o ambigüedad. El sujeto es el objeto ¿Esquizofrenia? La globalización del género. Evolución o canivalismo. Nada pone en duda que el mundo está encaminado a una total transformación. El mutante es una realidad en la civilización del trastocamiento. Pareciera ser que la transformación es el destino último del hombre y el travestismo cobra acá un valor simbólico que trasciende a mito social. El Establishment conduce hacia una sociedad del terror. Lobos y vampiros son el imaginario de una organización sanguinaria; la corporación de la soberbia cientificista produjo a Frankestein y los nuevos modelos universalistas pretenden matar las ideas; los opuestos se han aleado en un nuevo pensamientoŠ Pero los habitantes de Utopía viven, nada más se han enmascarado con los vestidos del otro sexo. Es la hora de la resistencia travesti. Solo resta memorar al Preceptor de Bertold Brecht cuando culmina ofrendando sus genitales. Manuel Maccarini




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