Lunes, 07 de Diciembre de 2015

Dos hombres niños que aman, dos hombres adolescentes que engendran y nacen, que salen a un mundo que desconocen y son tomados por un discurso que se entromete en sus juegos, que los lacera y los enlaza en una lealtad inquebrantable, dos niños, dos hombres que fabrican sus propios juguetes sin otro elemento que la propia imaginación. Dos hombres, dos niños, dos jóvenes, todos los hombres del mundo en un tiempo determinado, criaturas rotas de ese tiempo, la carcajada, la alegría, el sexo, el amor, el dolor, la sombra, la visible oscuridad del poder, surgiendo por las grietas de los cuerpos rotos.
Dos adolecentes que tratan de hacer entrar la emergencia de su sexualidad en los carriles prefigurados de una masculinidad definida en términos de potencia, de músculo, de moral. Dos adolescentes forzados a ser la marioneta de la palabra consagrada por la educación.
Una maestra forjada en la obediencia a un orden establecido por un amo que trata la desigualdad social, la injusticia como orden natural de las cosas, una maestra que en lugar de revelarse traspasa a un niño forzado a aceptar una norma irrepresentable, imposible cuyo último efecto es la humillación. La pretensión imposible reflejada en la cara de espanto del niño vuelve a lo trágico en cómico y lo que es presentado con pretensiones poéticas se transforma en acto delirante.
Desprovista de su uniforme de maestra, de su cuerpo emerge el amo y el niño se vuelve un esclavo inestable, en sus gestos de obsecuencia emerge y se apacigua su espíritu desafiante, su rebeldía, su rencor.
Los niños vueltos jóvenes se revelan y vuelven a encontrar aquella lealtad sellada en la intimidad de sus juegos en el tránsito de las consecuencias que acarrea su rebelión.





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