Sábado, 05 de Noviembre de 2016

De Anton Chejov
La acción se desarrolla en Rusia en 1904, en la otrora señorial casa de la protagonista Ljubov Andréievna, en las afuera de una ciudad.
La comedia se inicia el amanecer que regresa la protagonista desde París donde se encontraba viviendo desde hacia 5 años, y donde buscó refugio a la trágica muerte de su pequeño hijo Grisha de 7 años. Es enorme el dolor que padece por esta perdida que sucede 6 meses después de la muerte de su esposo. A París la sigue su amante, quien cae enfermo y es cuidado por ella. Esta circunstancia la obliga a invertir tiempo y mucho dinero para el cuidado del enfermo, que cuando este se recupera la abandona por otra mujer. Ljubov intenta suicidarse. Hasta allí viaja su pequeña hija Ania (17), acompañada por su institutriz Scharlotta para traerla a casa. Una sombra sobrevuela la familia. Los descontrolados gastos de la vida de Ljubov en el extranjero, han generado enormes deudas, que se suman a la improductivas y no rentables propiedades en Rusia. Las impagas deudas, devienen en altos intereses que generan las mismas. De no encontrase una pronta solución, un famoso cerezal, orgullo de la familia y de la región, será subastado el 22 de agosto.
-En estos largos años de ausencia, la casa materna fue administrada por su joven hija adoptiva Varia (22), quien debía cuidar no sólo a Ania, sino a un muy excéntrico e inmaduro hermano mayor Gaiev, (52). El grupo incluye, a un viejo mayordomo, Firs (86), a la criada Duniasha y un enorme número de criados.
Ese amanecer la aguardan, Lopajin, comerciante de origen campesino, enriquecido por sus hábiles negocios de prestamista, quien se siente deudor afectivamente con Ljubov por un gesto que ella tuvo cuando este era niño. Lopajin, pareciera estar supuestamente interesado en desposar a Varja. También ha llegado para recibirla Pischik, amigo de la familia y comerciante en permanente busca de dinero.
El encuentro con la familia es emotivo, fuerte y reaviva los recuerdos pasados y la memoria del pequeño Grisha conmueve a Ljubov, cuándo se encuentra con Petia Trofimov, quien fue profesor del niño.
Otra realidad cobra espacio entre ellos; la deuda y la fecha de la subasta que se aproxima. La propiedad está en riesgo de perderse. Lopajin intenta inútilmente de mostrar un plan para revertir la situación y salvar el cerezal. Sus propuestas no son oídas, mas aún son ridiculizadas y desechadas.
La realidad va por un camino, y la ceguera de los propietarios amenazados con perder todo, va por otro. Organizan una fiesta, se divierten, el tiempo pasa y no se actúa. Se espera un milagro, suponen que una tía condesa los salvará, nada mas equivocado. Llega la fecha y el cerezal se subasta. Su nuevo propietario es Lopajin. Él puede hacerlo y lo salva para sí. Esto produce el rechazo de los miembros de la familia. Cómo un campesino, descendiente de esclavos puede hacerse tan “groseramente” de la propiedad ¿? Los vaticinios de Lopajin fueron inútiles, nadie lo quiso escuchar.
Ante el derrumbe, Ljubov decide regresar a París, desde donde su amante arrepentido y nuevamente enfermo la reclama. Ella va en su búsqueda. Aquí quedará su hermano Gaiev, como empleado de un banco, su hija Ania seguirá estudiando, con el sueño de que trabajará para ayudarla, augurando un futuro mejor. Las idealizadas palabras de Petia, sobre el nuevo hombre, una manera diferente de ver la vida, han calado profundamente en el pensamiento de la joven. Petia nos habla de una revolución que se aproxima feroz para toda Rusia y tal vez para la humanidad.
Una Varja destrozada, pero resignada, ha encontrado un trabajo como ama de llaves en otra ciudad y Scharlotta llora su destino de no saber quien es? A donde ir.
Todo ha terminado, una nueva vida comienza para todos.
Es octubre, cierran las puertas de la casona que quedará vacía y los carruajes parten a los nuevos destinos.
El golpe de las hachas, da por tierra al viejo cerezal.
En el silencio de la casona se escuchan pasos lentos. Son los del viejo Firs. Este ha sido olvidado. Está muy enfermo, cansado, no tiene mas fuerza. Ha de morir, como también ha de morir la sociedad que con tanta lealtad ha servido desde niño. El es también un símbolo, como el viejo armario que ha cumplido ya 100 años y se derrumba.
Clasificaciones: Teatro




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