Lunes, 18 de Enero de 2016

Dos cuentos dramatizados suben a escena.

No se trata de teatro leído, sino de dos dramatizaciones que enlazan en un espacio escénico aquello que quedó en secreto y que va a emerger frente al espectador con el rancio sabor de la evocación y de lo no dicho a tiempo. Aquello enquistado en el silencio, que vuelve con el amargo sabor de la venganza, del resentimiento convertido en pasión; en algo tan callado y por lo tanto largamente ansiado. Una pena que es hoy como una caricia matutina.

En “El amor” el cuento de Hebe Uhart del libro “La gente de la casa rosa”, una mujer llega con su vaho de alcohol y nostalgia al mismo bar que la cobija cada noche, y bajo una música de tango, -es decir del tiempo que se fue-, cobra impulso su necesidad de hablarnos para contar una historia familiar muy singular envuelta en los viejos harapos del secreto.

Luego del intervalo donde se servirá una copa de vino, los espectadores llegan al relato de otra mujer que amasa, con voz templada, una venganza fría y diferida. Se trata de “Emma Zunz” ése relato esencial de genio de Jorge Luis Borges, de su libro "El Aleph". “La historia era increíble, en efecto, pero se impuso a todos porque sustancialmente era cierta” dice Borges en su pequeño pero inmenso relato. Emma va desgranando, así, esta historia de secretos de familia, donde el ultraje dará paso a la venganza y la muerte a la restitución.

El tiempo, el silencio y la memoria, son la argamasa con que se construyen los relatos, y son, también esenciales en el drama. Tomando esas premisas que van de la palabra a la escena, de los hechos al drama, de la verdad a lo verosímil es que se elaboró esta puesta en escena que respeta los textos originales, develando sobre el escenario el incomensurable dolor de sus secretos.





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