Domingo, 01 de Mayo de 2016

De Fernando Ávila

Hay un barco semi-hundido en el medio del Río de la Plata... en él: dos piratas tercermundistas se extravían en sus ansias de organizarse.
Hay una tensión latente, de mosquitos y de hastío. Un calor abrasador que calcina cualquier esperanza de supervivencia. Mucha podredumbre y dejadez. Moscas, agua pútrida y, tal vez, una asamblea.

LA OBRA
Anclada en el lenguaje de la comedia (como todas las puestas del grupo), Las polainas de Buchardo es una historia plagada de intentos por sobrellevar la rutina, por sobreponerse al hastío. La poca linealidad del argumento y la densidad de los estados, ayudan a evidenciar ese lugar del que no se puede salir. El espacio escénico reducido, casi ínfimo: también.
Una cooperativa autogestiva de piratas es el marco de referencia, pero tal vez eso sea anecdótico; quizás eso sólo sirva para empezar y para organizar la escena. De fondo no hay más objetivos que el de sobrevivir y el de estar, objetivos propios del estancamiento, de la cercanía con las costas del éxito (cualquiera que sea la empresa que se lleva a cabo) y de la esperanza (muy a menudo estéril) de poder llegar.
Pero no es en ese lugar donde está el foco, si no en las formas en que se constituyen los vínculos, los lazos preestablecidos en nuestras sociedades occidentales; en las identidades que nos figuramos o creemos figurarnos; en como nos asociamos con afines, con extraños; en cada uno de los valores que ya vienen (arrastrados) de antemano por las herencias morales predominantes, ahí está puesto. Ahí, y en el constante fracaso al querer invertirlas o subvertirlas. Y ante el fracaso, a menudo, lo que queda es el delirio o la rutina, que suelen parecerse bastante (a veces).

Clasificaciones: Teatro, Adultos




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