Viernes, 15 de Enero de 2016

De Aarón Korz

Un caballo - un cerdo - un conejo - un perro - un cordero - un camaleón - un gusano

...Un país que, seguramente, puede ser el nuestro. Una época cualquiera. Una historia que no deja de repetirse. Circunstancias que no dejan de acosarnos. Una complicada red de relaciones humanas, la más complicada: UNA FAMILIA.

Donde los roles no pueden ser otros que los de víctima y victimario. Donde los personajes se presentan como seres estereotipados y tipologías humanas. Se manifiestan distorsionados, grotescos o caricaturizados en relación a lo real, bien sea por medio del color, la musicalidad, las formas, el pensamiento, las ideas, o todos estos elementos a la vez.

Se presentan de un modo angustiado y con un sentimiento trágico de la existencia. Pretenden imponerse entre sí un sentimiento interno: su propio yo, con sus problemas, angustias, miedos y ansiedades.

Todo esto se volcará hacia un personaje que llega desde el exterior de ese mundo cerrado. Se intentará contaminarlo, educarlo, regenerarlo en una palabra: ADAPTARLO a este ambiente enfermo y hostil. Donde los personajes expresan, con una carga ácida y amarga, el lado más oscuro y menos grato de la existencia y la vida moderna.

No queda casi sitio para la persona. Solo para figuras grotescas de carnaval, máscaras dolientes, escandalizadas, insolentes, crueles, agresivas, primitivas y maliciosas, sumergidas en una sensación de claustrofobia que nos produce incomodidad. Acentuada por un reclutamiento en el campo de batalla hogareño. Donde pueden reconocerse Generales, soldados y hasta prisioneros de guerra.

Una mirada despiadada de la soledad humana, de la miseria y de la corrupción y ansia de poder que se oculta bajo la respetabilidad burguesa.

“Una noche anduve por un camino. Por debajo de mi estaba la ciudad y el fiordo. Estaba cansado y enfermo. Me quedé mirando el fiordo, el sol se estaba poniendo. Las nubes se tiñeron de rojo como la sangre. Sentí como un grito a través de la naturaleza. Me pareció oír un grito. Pinté este cuadro, pinté las nubes como sangre verdadera. Los colores gritaban.”

Edward Munch





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