Domingo, 20 de Noviembre de 2016

De Heiner Muller, Dieter Welke

A esa altura nos preguntábamos: ¿por qué la obsesión de hacer teatro con estos elementos? La respuesta era simple: el teatro nos parece el lugar preciso para desarrollar el tipo de emociones que devienen de trabajar con procedimientos que podríamos llamar Periféricos.

Contar desde la crisis misma de la creación.

Desde una mirada que debe perder el sentido de la frontalidad.

Desde miradas transversales a objetos ya conocidos. Sin importar demasiado cuál es el objeto.

Una búsqueda desde un punto más extremo desde donde transmitir un hecho simple, ya no como hecho simple, sino a varios niveles. Y que la visión desde ese punto abra áreas de sentimiento que proporcionen un sentido más profundo de la realidad cotidiana de la imagen conocida. Develar las otras realidades de esa imagen.

Intentar realizar una obra que atrape esta nueva realidad cruda y viva y la fije en el escenario. Entonces ¿por qué no tomar un clásico y exponerlo a estas consignas de trabajo? Sumando a nuestro favor el conocimiento que el espectador ya tiene sobre el clásico. Transgredir esa información. Construir un clásico periférico.

Y para transgredir lo conocido a esa altura intuíamos que se hacía necesario trabajar con leyes autónomas y periféricas. No alcanzaba sólo con oponerse frontalmente a la ley conocida en el sentido estricto del término. Eso no creaba nuevos espacios.

De alguna forma desatenderse de los territorios conocidos ya que no es muy probable luchar contra la ley probada y poder vencerla. Se trata entonces, para nosotros, de explorar territorios desconocidos de la experiencia humana. Inventar o renovar formas dramáticas, teatrales. Exponer la maquinaria del drama, sus engranajes, y sus contradicciones. Poder romper con lo que ya fue hecho o lo que se puede hacer con facilidad. Y trabajar con los restos, los desperdicios del pensamiento tradicional. Mostrar desde el borde una realidad que el público no está esperando ver. Nunca perder de vista que para que suceda lo verdaderamente inquietante es necesario mostrar ese borde, la desgarradura de la cultura.

  • Máquina Hamlet por el grupo Periférico de ObjetosMáquina Hamlet por el grupo Periférico de Objetos




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