Sábado, 16 de Enero de 2016

De Valentina Cottet, Catalina Sikorski

Era un hotel chiquito chiquito en el barrio de Palermo, con un gran jardìn. Pasaban y pasaban pasajeros, viajeros fugaces que dormían pocas noches y se iban,
Mientras también había algunos que se quedaban. Y los unos que se quedaban no podían irse
nunca.
Diez mil historias distintas los entrecruzaban, haciendo que estos unos fueran sintiendo y resintiendo con cada abandono, partida o despedida de los otros, mientras seguían y seguían caminando por la vida (años, años, y más años). La soledad y la espera los caracteriza y mueve de aquí para allá y de una manera u otra ya los configura de tal forma que son soledad, y estos personajes de la vida quedan encerrados en este hotel sin quererlo (o queriéndolo demasiado) hasta que tal vez ni siquiera existan, y así quedan dejando de existir por el resto de la enternidad.

Sesenta nuevos pasajeros vienen después de tanto tiempo de nuevo a visitarlos. Con mucha preparación, ansiedad, nervios, grandes expectativas, curiosidad (y hasta tal vez algún resignado, con amargura) estos unos los recibirán.
¿Se volverán los otros, unos, viviendo allí eterna y atemporalmente? ¿Los abandonarán tras un rato de compañía? ¿Qué nos vuelve unos en nuestra vida y unos en la vida de los otros?
Hasta qué punto el amor, la locura, el anhelo, la tristeza, la curiosidad y la soledad son viajeros atemporales del hotel en el que decidimos quedarnos a dormir.





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