Domingo, 17 de Enero de 2016

De Gonzalo Martínez

De cerca se ve lo que no se había visto nunca.
Todo es demasiado real, demasiado cercano para ser verdad.


Un hombre de mediana edad es enviado por sus tías a una finca. Le han pedido que se defina, que descubra qué es. En la finca se encuentra con algo bien formado: dos bellos jovenzuelos y dos hombres mayores que gustan de señalar la inmadurez. La potencia de sus identidades los vuelve obscenos. El vértigo se apodera de la escena e irrumpe lo perturbador. Así se juega un voyeurismo del porno, no un voyeurismo sexual. Sino un voyeurismo de la representación y de su pérdida.





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