Miércoles, 05 de Octubre de 2016

De Mario Segade

Un encargado de edificio, una paisajista recientemente viuda, y una propietaria del complejo, se disputan el control de la administración del inmueble ante el fallecimiento del histórico administrador. Cada uno esgrime sus argumentos para alzarse con lo que suponen jugoso botín y están dispuestos a defender a capa y espada sus razones, sin escuchar al otro. Todos quieren ser reconocidos y nos cuentan sus planes de gobierno para hacer del edificio un orgullo nacional. Diseños de solárium, pileta de natación, y hasta jaulas con fieras para deleite de los demás consorcistas. Ganará el que tenga más poder de convencimiento y de fuerza. Están dispuestos a todo. Están agotados de sentirse apartados de la toma de decisiones.

Sobre “La nueva autoridad”

“En esta pieza convive el verosímil más cerrado y obvio con acciones alejadas del cotidiano. Sobre estos personajes digo que padecen de la soberbia que da la sordera. De la soberbia que da la pretensión de creerse que uno es, en tanto uno, ya que no está en los muchos “unos” que se es. En este laberinto de juego de palabras se mueven los muñecos y “los fieras” de La nueva autoridad. El poder siempre está en algo a lo que llamamos “la fuerza”. La razón no entra en debate. Ya la tengo. Me aferro a mi creencia y creo que eso me llevará por el camino del bien. Poder usufructuar de algo que no tengo para ser y desplegarme como algo que no soy.

Una búsqueda inconsciente. Un derrame de idiotas. Tres personajes que no han recibido lo elemental que se recibe en la vida: amor. La derrota más importante de Francisco, Betty y Graciela es que no han sido amados. Temas recurrentes en mi obra. Soy enamorado de los seres miserables que quieren expresar su grandeza a través de un dolor que no asumen y que por ende vira en locura, enojo, soberbia.

Un clima grotesco, inexistente y bizarro en donde detrás de la aparente risa podamos ver reflejado nuestro propio desamor y soledad. La creencia de que tenemos razón y que lo que decimos vale nos impide crecer como personas. Ese creer que se nos debe “respeto” más allá del respeto al género humano. El mejor refugio ante esa carencia termina siendo el enojo. El enojo y el sufrimiento nos impiden ver aquello que de verdad nos duele. Nos cuesta mucho enfrentarnos con el dolor. Estos seres miserables creen en su razón. Y nada de lo que sucede en el escenario es visto así desde la platea. Ojalá eso suceda. La distorsión en la mirada sería un gran triunfo artístico de La nueva autoridad.

Si yo tengo razón me considero con poder sobre el otro. Escribí esta obra por puro azar, por equívoco. Y hoy es un espacio artístico amado.”

Duración: 70 minutos
Clasificaciones: Teatro, Adultos




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