Domingo, 17 de Enero de 2016

Mauro se halla refugiado en el desván de la antigua casa familiar. Está cercado por sus propios compañeros; debe entregarse y ser juzgado por haber torturado a un detenido que resultó ser inocente. Por obrar de esta manera antes le premiaban y ahora le quieren juzgar. El mundo carece de sentido y todo se ha derrumbado. Se refugia en el desván, rodeado de los recuerdos de su infancia y adolescencia, lo que le supone encontrarse consigo mismo y reconocerse como un trasto inútil que el presente ha decidido prescindir de él.
Abel, el hermano pequeño, es enviado por la policía para convencer a Mauro de que deponga la actitud, lo que le permite acceder al desván, que también pertenece a su pasado. Abel comprende que la sociedad es responsable del fracaso de su hermano, como es responsable también de su propio fracaso.





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