Sábado, 16 de Enero de 2016

De Federico Olivera
Javier, visitador médico. Mariela, mujer de visitador médico. Antonio, amigo de Mariela. Ernesto, pareja de Antonio, dueño de laboratorio donde trabaja Javier. Víctor, vendedor ambulante ciego. Una pareja de ratas que habita la cocina. Cortes de energía eléctrica. Muebles que cambian de lugar. Cuchillos. Vasos de plástico. Un plan.

Un juego absurdo y patético donde se exponen los distintos mecanismos del pensamiento que encierran y asfixian a Javier, Mariela, Antonio y Ernesto, abandonándolos en el mismo lugar. La reiteración de esos mecanismos que les provoca la inacción. Sus mentes especuladoras que los mete en una licuadora para después servirlos en vasos de plástico con todas sus inquietudes insatisfechas.

Una realidad que se construye desde la subjetividad oral, de la historia que se teje verbalmente. Como la novela familiar, rígida, plagada de versiones, de anécdotas sentenciosas, con roles fijos sin posibilidad de cambio.

El consumo como única fuerza motora, como única salida.




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