Sábado, 16 de Enero de 2016

De Arístides Vargas

el grupo teatral LA CUARTA PARED presenta al grupo MALAYERBA de Ecuador
El escenario se funde en negro absoluto, color ausencia. Las luces se encienden y a un lado aparece una pareja de pelo encanecido. "Todos los días nos contamos la misma historia, en silencio, para seguir amándonos", dice el personaje de Enrique Mariani, encarnado por Arístides Vargas, actor y director argentino, autor de esta, su más reciente obra teatral 'Instrucciones para abrazar el aire'. Su compañera de teatro y de la vida, María del Rosario Francés, es la protagonista: Chicha Mariani, una de las fundadoras de la Asociación de las Madres de la Plaza de Mayo. Esta es su historia. La Plata, 24 de noviembre de 1976. En una casa de la calle 30, alrededor del mediodía, un descomunal operativo de las fuerzas represoras de la dictadura militar argentina acabó con la vida de Diana Teruggi, la nuera de Chicha. Su hijo, Daniel Mariani fue apresado y un año después, asesinado. Su nieta Clara Anahí, de tres meses de edad, desapareció. No, no desapareció. Se la llevaron. Esa violencia feroz se usó porque esos jóvenes vendían frascos de conejo al escabeche, en los que camuflaban panfletos denunciando las atrocidades cometidas tras el golpe de Estado. Fueron acusados de subversión porque tenían en los fondos de aquella casa un arma poderosísima: una imprenta. La génesis de la obra se dio en una visita del autor a la casa de la calle 30. La historia de esos jóvenes de 26 años, que como el mismo Vargas habían sido militantes, le movió las entrañas. Cuenta el dramaturgo que después se puso en contacto con Chicha y ella le reveló generosamente detalles de su caso. Sobre las tablas se inicia un viaje a través de la memoria, en tiempos y espacios distintos que se yuxtaponen. Por un lado está el presente, la eterna ausencia de la nieta que sus abuelos intentan abrazar, extendiendo sus brazos en el aire, aferrándose al vacío. En el escenario, los personajes mutan y se convierten en dos cocineros. Ellos representan a los jóvenes de la calle 30, que ese día de 1976 estaban almorzando milanesas, riéndose y contando chistes, sin sospechar que los tanques y los helicópteros venían a arrebatarles la vida. Los diálogos absurdos, el juego con la comida y el humor en esas escenas contrastan con el lirismo de otros momentos. "La risa resta dramatismo y heroísmo. También vuelve más humanos a los personajes", afirma el director. Vargas confiesa además, que quiso retratar la alegría de esos años de militancia, en los que como ellos, se rió muchísimo. En otros momentos, la pareja también se transforma en los vecinos que atestiguan los hechos, hasta que la violencia les llega demasiado cerca. "Hay vecinos que se negaron a ser cómplices, otros lo fueron deliberadamente. Otros callaron por el terror, porque se había instalado el miedo como principio", dice Arístides. La obra es una poética de la casa. Del lugar donde desaparece Clara Anahí, pero también de la Argentina. Esa casa que Vargas tuvo que dejar al exiliarse en Ecuador, a los 20 años. Por esta razón, en el personaje de Enrique Mariani, el más ficticio de todos según Arístides, se advierte el mundo personal y teatral del autor: la nostalgia y el desarraigo, irse lejos pero sin haberse movido de su lugar de origen, un volver a la memoria.





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