Martes, 12 de Julio de 2016

De Silvina Grinberg

Los protagonistas llegan a un escenario vacío. No hay nada más, excepto el Pianista. Las situaciones que deben atravesar son simples y reconocibles, se manifiestan a través de una gestualidad primaria. No hay palabras. Los gestos de a poco se enrarecen, se alejan de lo cotidiano, y, finalmente,liberan la irrefrenable cadena de movimientos que llevan dentro de sí. Rolando y María están sujetos a un recorrido predeterminado; pero dentro de
los círculos marcados en el mapa, existe un amplio espacio liberado a la potencia del momento.

Los personajes de los cartoons de Tex Avery y Chuck Jones inspiraron ciertos
rasgos de los protagonistas: actitudes brutales, movimientos frenéticos y reacciones disparatadas. Rolando y María pasan de una emoción a otra con la rapidez del rayo; así mismo caen y se levantan, lloran y ríen, se pegan y se perdonan.

Los intérpretes son llevados al límite de sus posibilidades, a un grado de intensidad exasperante y constante que oscila entre el gesto minimalista y el movimiento espectacular, entre la calma y la máxima tensión.

La comicidad que atraviesa toda la obra, de pronto y casi inconscientemente, descubre algo inquietante: la violencia del otro y la necesidad del otro.

Rolando y María es una obra de danza-teatro y surgió de un cruce de improvisaciones entre los bailarines y el músico. La sinceridad de lo espontáneo, esa cualidad primordial de la improvisación, se ha conservado como marca del espectáculo. En cada representación el público participa de la alegría y del riesgo de la creación.





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