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Imaginaria


De Alfredo Rosenbaum
La eterna vigilancia: no perder lo poco que nos queda, aunque cada vez nos queda menos. Vigilar, hacer ronda para volver a lo mismo, aunque cada vez un poco menos: conservar lo poco que se tiene también se hace imposible. Todo se seca, todo se desagua en ese desierto devorador, que avanza sobre los objetos, y fundamentalmente sobre los cuerpos y la estructura familiar y social. El texto construye desde aquí una metáfora de la situación terminal de un país, nuestro país, aludido por esa ciudad en ruinas que ha quedado atrás: todo rastro de civilización, de cultura se va perdiendo sin remedio.

Vigilar, en busca de una seguridad que se ha perdido para siempre: la de la estructura familiar, la del propio lugar como centro. Un lugar, un centro, una patria: la madre trata de reencontrarlo en el lenguaje. Pero el lenguaje, las palabras, no alcanzan. En tanto bien colectivo, el lenguaje no puede cumplir su función de elemento reconstructivo si no se comparten sus valores. Es el padre en este sentido quien no quiere comprender esa clave, la de la función del lenguaje como elemento fundante de una cultura y de la historia. Las palabras, y más específicamente la escritura (el libro de bitácora) es lo que la madre les deja como herencia a sus hijos: último elemento de transmisión cultural, la madre sabe que la escritura la trasciende, y que es un legado para las futuras generaciones.

Única proyección hacia una posible proyección futura, las palabras adquieren en Imaginaria el valor de un cuerpo real, transmisible más allá de la perdurabilidad de los cuerpos. Frente a la “realidad” terminal de los personajes, la escritura se muestra como la única herencia posible de ser sustentada: los mundos imaginarios de la escritura son los que pugnan por salir hacia adelante, hacia una posible reconstrucción cultural (es decir, de vida). El lenguaje es resistencia, es la última utopía que el texto plantea. Pero los hijos no comprenden la clave, mantienen la herencia del lenguaje (escriben la bitácora) como un mandato materno, pero vaciado de su potencial de cambio y construcción de mundos nuevos. Es por eso que se quedan irremediablemente girando en el vacío, uno sobre otro, sin posibilidad alguna de salida.


Ficha técnico artística

Autoría: Alfredo Rosenbaum
Actúan: Nicolás Mateo, Gerardo Otero, Jorge Prado, Ita Scaramuzza
Vestuario: Alejandro Mateo
Escenografía: Alejandro Mateo
Iluminación: Cristina Lahet, Alejandro Mateo
Música original: Joaquín Apesteguia
Asistencia de dirección: Cristina Lahet
Puesta en escena: Alfredo Rosenbaum
Dirección: Alfredo Rosenbaum


Este espectáculo formó parte del evento: Todos al Teatro 2004



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