Jueves, 14 de Enero de 2016

De Athol Fugard
Brillantez de un comienzo.
Los colegas londinenses y norteamericanos tienen razón. Por lo menos a juzgar por esta obra, Athol Fugard es uno de los dramaturgos de habla inglesa más importantes surgidos en los últimos tiempos. Heredero consciente o inconsciente del movimiento escénico norteamericano de este siglo (Miller, Williams, O'Neill, Albee), no sólo plantea una temática universal comprometida con el ser humano, sino que lo hace a través de una estructura teatral atractiva y de impecable solidez y la manifiesta por medio de personajes admirablemente configurados desde el punto de vista psicológico, que se expresan mediante un diálogo donde se alternan sabiamente la poesía, el juego de tensiones y distensiones, la espontaneidad.
Es cierto que la historia real de Helen Niemand en la que se inspira ya es apasionante. Esa mujer nacida y criada en una pequeña comunidad blanca de Sudáfrica, en medio de un desierto, de costumbres conservadoras y culto obligatorio de la fe protestante, que un día descubre que nunca ha amado al buen hombre con el que está casada, que abandona la iglesia de los domingos porque ha dejado de creer y que al quedar viuda encuentra en sus manos de escultora el camino hacia la libertad personal y la felicidad de crear – la "Meca" simbólica del título-, es el personaje ideal para que Fugard pueda plantear la resistencia de la sociedad ante lo diferente, la eterna búsqueda de la confianza en sí mismo y en los demás, el error de los dogmatismos religiosos y sobre todo, tratándose de un autor sudafricano y escribiendo en 1984, denunciar el "apartheid" como forma de convivencia.




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