Sábado, 12 de Noviembre de 2016

De Guillermo Arengo
Una mujer policía rescata a dos chicos retrasados que quedan huérfanos en un accidente automovilístico y se encierra con ellos para evitar males mayores: nadie quiere que los moje la lluvia, ni que se ahoguen en el río, ni que sufran la mordida de los peces que se alimentan de otros peces. El aire enrarecido del encierro los intoxica y los fortalece. Los enmudece. En el silencio del encierro encuentran ideas nuevas, entonces “los débiles” se sienten a salvo y pergeñan un mundo a su altura, a su medida. Como en los comienzos de todo cuando todo era nuevo: un jardín sin palabras, sin pudores, sin aullidos de animales que gustan de otros para alimentarse.




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