Martes, 25 de Octubre de 2016

De Federico García Lorca

Tras la muerte de su segundo marido, Bernarda Alba impone a sus cinco hijas, como luto, una larga y rigurosa reclusión. Se trata de la exageración de una costumbre real, de una tradición llevada a extremos increíbles. Extremos que pueblan la obra a través de diversos ejes: libertad – represión; realidad – deseo; autoridad – emancipación; adentro – afuera. Extremos que definen una historia plagada de contrastes.
La casa de Bernarda Alba, lo último escrito por Lorca, es una obra compleja. En una primer impresión, la historia nos presenta una Bernarda autoritaria, controladora, inflexible y sus cinco hijas reprimidas como víctimas resignadas. Sin embargo, al sumergirnos en la obra podemos observar que cada una de sus protagonistas es víctima y verdugo. Víctima de sí misma y verdugo con las demás. Allí la obra se vuelve interesante. Este es el punto a partir del cual se comenzó a trabajar.
Dentro de los muros de la casa, Bernarda construye un sólido círculo de sal, en donde se cristalizan las reglas como si no hubiese otras posibles. Se respira un aire de resignación. La ausencia de solidaridad, el aislamiento, la soledad, la sumisión parecen no tener alternativa dentro de ese universo. Bernarda logra sostener el orden de su propio mundo sobre la base de esos valores. Víctima de la sociedad con la cual ella se identifica y sobre todo de ella misma, de sus miedos y sus frustraciones. Una mujer incapaz de pensar, de imaginar y comprender. Necesita de La Poncia. Sin ella, su autoridad perdería forma. En ella tiene un emisario que la hace omnipresente, que le transmite lo que ella no alcanza a ver (aunque a veces su brutalidad le impide ver lo que se impone ante sus ojos). La Poncia tiene la responsabilidad de mantener el orden, de hacer cumplir las reglas (allí reside su gran poder).
Sus hijas reproducen, a su modo, esa ignorancia y esa incapacidad de pensar de otra manera. Construyen y sostienen, desde su lugar de víctimas, ese orden. Tienen interiorizadas las reglas y reprimido, en distinto grado, el deseo.
Del afuera aparecen ecos: fantasmas y tentaciones. Contraste con el definido y seguro universo del adentro. Una sociedad controladora y condenadora, capaz de linchar a quien viole alguna de sus reglas, aparece a través de las ventanas. Pero a través de las ventanas sólo se puede observar, se sigue estando adentro. Sin embargo, en ese afuera se encuentra el objeto en el que confluyen el deseo y la única vía de escape: el hombre y el matrimonio.
Cuando aparece el hombre (cuando aparece el deseo o la voluntad de salir), aparece el verdadero conflicto. Pepe el Romano se compromete en matrimonio con Angustias (más por su patrimonio que por su encanto) y este hecho despierta pasiones. Despierta el deseo de Adela, la más joven y bella, la que tiene más fuerza vital. Despierta los rencores de Martirio a quien, después de haber perdido una posibilidad de matrimonio por culpa de su madre, siendo pesimista y enfermiza, las pasiones le avivan sus más oscuras vilezas. En el universo oscuro y deserotizado se despiertan las pasiones que desencadenarán en el suicidio de Adela.
Aparece la puerta como algo que puede ser traspasado. Si desde las ventanas sólo se puede observar, una puerta puede ser atravesada. Define el límite entre un adentro y un afuera, entre lo interno y lo externo, entre lo que hay y lo que puede haber. Cuando aparece la puerta, aparece la alternativa. Quienes toman conciencia de la existencia de puertas, toman conciencia que aquello que se encontraba cristalizado puede deshacerse. El círculo de sal podía disolverse.

Con la participacion especial de Zulema Caldas.





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