Martes, 18 de Octubre de 2016

De Alejandro Tantanian
La verdad conceptual del hombre romántico se cierne sobre su cabeza, como si una inmensa soledad lo arrastrara hasta lo infinito y lo hundiera en el olvido, para ser rescatado de la incomprensión de su tiempo pero dueño de la verdad.

Podemos, quizás, recordar a Empédocles o al mismo Quijote, pero creemos conveniente tomar a Hölderlin, porque en el frío papel que tenemos en el texto está su obra, llena de imágenes, de acción interna, de funcionalidad; descriptos en un tono solemne que inducirá al espectador a confiar en la historia, para luego sumergirse en ella.

En la obra aparece también el mito, Faetón, la duda de Faetón, sus caprichos y por último, la verdad buscada hasta el extremo, que nos deja como consecuencia una muerte.

Pasando por referencias de tiempo y lugar, observamos un encuentro documentado, el del poeta admirado con su interlocutor, también poeta; de ahí los momentos durante la obra en los cuales la locura de Hölderlin quedará expuesta en un libro redactado por W. Waiblinger, así como sus momentos de calma, para luego exaltarse e intentar acabar con todo.

Se muestra un abandono al dolor, una especie de ya no ser para quedarse en una espera, una pérdida de la identidad, “Hölderlin se hacía llamar Scardanelli, había renunciado a su nombre”- nos dice Tantanian en su obra; Hölderlin ya no es, y eso daña, cuando lo trae a la luz Waiblinger. Y aquí, un Waiblinger enfermo lo toma como modelo de su obra “Faetón”. Lo anecdótico del Faetón nos lleva a revisar el enunciado y este es de fácil asociación con Hölderlin, su vida y obra.

Podríamos dudar de Hölderlin, de su locura, de procurarse una grandiosidad tanto en la poesía como en su vida, el precio es muy caro; solo nos remitimos a los documentos y estos son los que mitifican la historia.

Nos movemos entre absolutos cuando estos están puestos más en duda que nunca; cuando hablo de absolutos me quiero referir al libro de Waiblinger, la poesía de Hölderlin, las muertes de Faetón, y las muertes, psicológica de Hölderlin y física de Waiblinger, si es que se quiere entender que éste muere al final de la obra al despejar la duda que lo azota, si tenemos en cuenta el párrafo final que dice “... Hölderlin yo soy, yo soy Waiblinger...”

Ahora bien, ¿cómo contar? Como relatar supone una actitud y toda actitud tiene un antecedente en la duda, en este caso la hicimos precedente, el proceso fue irrevocable con el sentir.

Hay dos relatores, dos personajes, una historia que merece ser traída a la luz paradig-máticamente desde la oscuridad en la que se encuentra.

La sensación que ofrecemos al público es de inestabilidad, los personajes no solo dudan del texto, sino que también del espacio y de quiénes son, a veces son atraídos tan fuertemente por la obra que terminan ahogados por el sufrimiento al que están expuestos y abarrotados de imágenes interiores. Esta duda propone un humor agradable y digerible, todo parece estar entre algodones, parece que la situación va a caerse en cualquier momento.

A veces, los personajes padecen desmesuradamente al ver a su compañero dolorido, y no tienen otro impulso que salir corriendo para ayudar a su amigo para que este se reponga y poder continuar, aunque por un momento todo parece naufragar ante el pedido de uno de los relatores.

-Diego basta, no puedo más...

Hay una propuesta con respecto a lo que pasa en el trabajo, por momentos existe una competencia entre los relatores, pero no para sobresalir, sino una competencia para hacer las cosas bien, para que todo sea excelso, pero en otro momento aparece el no dejar caer al otro, el ayudarlo, el estar al lado del que sufre.

Hay veces en que el relator solo observa como un espectador más, ve cómo su amigo-actor-personaje se desangra. ¿Qué hacer? es la pregunta, siendo que hay una obligación con el espectador, con el espectáculo; hay que contar sin más remedio. Este cuestionamiento de los actores puede llevarlos a fallar, a ser desprolijos, a olvidar sus movimientos en el escenario, perder la letra, a los personajes. Pero ambos saben que hay que seguir y entre todas las carencias, remedian. La sensación es de cómo presenciar un ensayo o una función mal realizada.

Sobre el final, la suma de estos actos fallidos los distancia y más allá de su mediocridad ficticia como intérpretes, el error los aleja. El texto y el dolor los une.

El monólogo final de Waiblinger parece reconciliarlo con él mismo y al término de la obra, apelando al libreto, contando el final, abraza a su amigo-actor-personaje sacándolo del escenario para llorar juntos en soledad.




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