Jueves, 20 de Octubre de 2016

La obra de arte es un acontecimiento antihistórico, no está destinada simplemente a revelar las cuestiones de las temáticas, sino a superarlas y usar la temática como piedra de toque para un rebote de otredad. Ezeiza es un teatro griego, una extraña catarsis. En una unidad de espacio un dios vuelve del exilio en un pájaro gigantesco y sus hijos antes de que él baje a la tierra, el hijo pródigo y el abominable, se matan entre ellos, mientras los otros hijos la miran de afuera; y finalmente nace, aún antes de que baje en una base militar, el mito del otro Perón. En ese mismo día nace el mito siniestro; el que cambia de elegido y termina inaugurando un período que de ahí en más es sólo de caída. O sea que es un acontecimiento político poético teatral gigantesco, masivo, histórico, de una dimensión que hasta ese momento no habíamos tenido.

Y Ezeiza es la gran escena, singularísima, llena de contradicciones que revela también todo lo que bulle dentro del campo popular, como contradicción, riqueza, casi como acontecimiento poético muy contradictorio del campo popular. Está lleno de versiones, y de sub-versiones. Por eso en el montaje, medio bromeando y medio en serio, decimos que los cuerpos de los actores se infiltran en los objetos para darle al público, clandestinamente, una versión distinta a la que el museo, como institución del poder, intenta establecer con esos restos que muestra y con los que quiere consolidar la versión oficial del acontecimiento. Los cuerpos se sitúan entre la base y el objeto: el presente que significa la base, que es el museo, y el objeto, que es el pasado; como una suerte de soporte de carne y hueso destinado a dar otra versión, a desmitificar, desfetichizar el objeto.

Clasificaciones: Teatro, Adultos




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