Sábado, 16 de Enero de 2016

De Juan Dolores Caballero

CHINABAUS DANZA
“Upper”.

Un espacio vacío que encierra en su carácter la línea del mundo de expresión y de relaciones que se deforman y se deshilvanan, donde lo agitado surge para convertirse en motor orgánico. Los personajes suben, salen entran al espacio para cumplir sus deseos, y se relacionan y viven y se enamorar, y casi mueren sumergidos en la disolución de los momentos, en las cadencias que nacen de forma precipitada, cadencias del sentido de cada pequeña historia, de cada paso de un color a otro, formando la intriga que unifica el sentido de su asistencia.

Desde sus inicios el Teatro del Velador se ha planteado la búsqueda y la investigación en el ámbito contemporáneo como manera de crear y definir un lenguaje propio. Desde sus inicios, define su teatro y su danza como “Bruto”, bebiendo y basándose en el “arte bruto”, donde las técnicas y los sistemas de representación proceden de una invención completamente personal. Si hay un común denominador de las obras propuestas, podría ser el de la obsesión por los motivos de lo feo y el deshecho humano. Desafiando los cánones clásicos de equilibrio y armonía, o quizás ignorándolos, prefiriendo el desequilibrio, el exceso y lo inacabado, tal vez como reflejo de una violencia callada e interior, tal vez como reacción silenciosa al dolor de una sociedad. En un contexto histórico globalizador y vertiginosamente cambiante, en una Europa sostenida por los más pobres, muchos de ellos, los desarraigados, llegados a este viejo continente huérfanos de tierra, con una cultura a cuestas, donde el origen se convierte en una marca, que identifica, que clasifica, que excluye, que aísla y sobre todo que empobrece. En este mundo nuestro, miserablemente rico, interesadamente plural, poblado por millones de seres, todos distintos unos de otros, entendemos y experimentamos el ejercicio del teatro y de la danza solamente desde la emoción. Porque sin ninguna duda, las artes escénicas han sido siempre la Barraca de Feria que contiene el verdadero espectáculo de la emoción, al que intentamos llegar y al que intentamos proteger de la estabilización oficial y académica en la que vivimos y en la que creamos.

Durante casi medio siglo, la pobre Barraca de Feria, sepultada en el olvido, ha permanecido oculta detrás de las ideas puristas, las revoluciones del constructivismo, las manifestaciones surrealistas, la metafísica del arte abstracto, los teatros abiertos, conceptuales, los anti-teatros, las grandes batallas, las grandes esperanzas, las grandes ilusiones y, al mismo tiempo, las catástrofes y las decepciones. En la cámara de la imaginación y de la memoria viven personajes humanos que han sido “depositados” allí, recluidos y alejados de lo que consideramos “normal” o “convencional”, que no pertenecen a nuestra vida diaria pero que sin embargo están y viven a nuestro lado, que sienten, que oyen, que sufren… y que tratan desesperadamente de reconstruir, con su memoria difuminada, aquello que fue su vida, su felicidad o su miseria. Auténticos parias de la sociedad en la que vivimos. Entre las luces y las sombras, al alba o al anochecer, con la ciudad al fondo, muda y callada, aparecerán los “monstruos” que son cojos, tullidos, defectuosos, faltos de piernas y brazos, enanos, feos, gordos, enfermos…. todos ellos seres humanos que pueblan nuestro mundo, que habitan y corren entre nosotros, de los que nada sabemos, a los que muy cortésmente menospreciamos, arrinconados de la sociedad, apartados y excluidos de la luz, que salen de la tierra cada noche y con ellos la naturaleza entera, sin maquillajes, en estado puro y bruto. Ante la necesidad de exhibir todo aquello que nos avergüenza, buscamos un lenguaje universal no escrito, basado en el ritmo, el movimiento y la gestualidad. Los hombres como objetos que custodian la memoria. El hombre usado de una manera bien distinta a como aparece en ciertas vanguardias históricas. Este hombre utilizado es un objet trouvé que rezuma memoria, conserva las huellas de su propietario, las marcas de su energía; es el objeto de la tienda de un anticuario, el que ya casi no sirve para nada y se amontona en la basura. Ese ente se convierte en ocasiones en un pedúnculo más del personaje, creando en esta hibridación un monstruo de carne muerta y materia orgánica hasta negar así la función primigenia. Podría decirse que a lo largo de diecinueve años de trabajo el Teatro del Velador asienta los pilares de esta manera de hacer y crea un estilo propio, reconocible y reconocido, no solo ya en su teatro y danza brutos como elemento formal, sino también en la asimilación y expresión de una cultura en la que se desarrollan y viven sus componentes. La cultura andaluza es también parte de ese mundo sensible. Con él construimos los espectáculos, el ritmo, el cante, el compás…la sentimentalidad universal, si se quiere, son parte de nuestras propuestas.
(Texto de Juan Dolores Caballero)

Este espectáculo formó parte del evento: Itálica 2011. Festival Internacional de Danza





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