Sábado, 30 de Enero de 2016

La luz y la oscuridad

De nada serviría establecer un debate acerca de la importancia de la luz en la vida. No existe mayor axioma que aquel que afirma que sin luz no hay vida. Es incuestionable, al menos más allá de las fosas abisales.

Sin embargo, nos surge la duda: ¿hay danza sin luz? Si no hay iluminación, el espectador no verá lo que el bailarín muestra. El canal de transmisión del mensaje entre emisor y receptor en este caso es meramente visual, más, claro está, auditivo, puesto que en el terreno de la danza se trabaja con la música (o su ausencia) y también crea la atmósfera de una pieza todo el "ruido" inherente al movimiento del intérprete, pisadas, respiraciones. pero esta apreciación queda completamente supeditada a la realidad de que un espectáculo de danza es una experiencia visual.

Por tanto, cabría preguntarse algunas cuestiones paradigmáticas de estas aseveraciones: si un bailarín realiza una coreografía en un escenario a oscuras ante una audiencia que no le ve, ¿está bailando?, ¿hay obra artística? Un lienzo de Velázquez que se guarda en una caja en los archivos del Museo del Prado, ¿es una obra de arte? La respuesta es clara, en el caso del cuadro, rotundamente sí, sería la mayor aseveración obtenida, sólo hay que sacarlo y contemplarlo. Sin embargo, el bailarín tiene la suerte y la desventaja de que es un individuo y su propia obra de arte latente, ya sea como intérprete o creador, está inherente a su ser, porque su cuerpo es su herramienta y a la vez la más estética -en términos aristotélicos- de las expresiones realizadas en el movimiento. Pero necesita una luz que le ilumine para que el espectador llegue a contemplar su propuesta, su discurso.

También la oscuridad es de suma importancia no solo en la Historia del Arte, sino también en la escena, en teatro o en danza. En el claroscuro barroco, cobra tanto valor artístico/estético aquello que descubrimos nítido y perfectamente dibujado como aquello que no vemos, el misterio de lo que veía un Caravaggio inspirado y que no nos quería mostrar es lo que dota a su obra de un carácter más interesante y atrayente, y esto, sólo por poner un ejemplo. En el análisis de cine -disciplina, junto con el teatro, que más se acerca, de entre todas las artes, a la nuestra, por contar con el movimiento y la captura de él como lenguaje- la utilización de la oscuridad, y es más, del fuera de campo, no sólo llena de valor narrativo al producto, sino que incluso crea géneros y claves propias vinculadas a lenguajes aplicables a grandes movimientos cinematográficos. En ambos casos, valgan como referentes, los autores están jugando con una de las armas más fuertes con que se puede contar a la hora de desarrollar el arte, un arma que, además, en nuestros días se encuentra profundamente infravalorada: la imaginación del espectador.

Necesitamos luz y oscuridad. Y tanto divagar nos lleva al primer planteamiento físico y cotidiano al que se enfrenta un creador que muestra su trabajo en el escenario: el conflicto de la deficiencia de medios en tanto en cuanto a la hora de iluminar la pieza. Parecerá terriblemente superficial y vacuo, sin embargo, los creadores de danza contemporánea, relegados a salas alternativas y circuitos humildes, a menudo se encuentran con condiciones poco favorables para ese broche de oro que resulta ser el envoltorio de su obra para que llegue en su más reluciente aspecto al espectador.

Y así, se plantea la pregunta que da origen a "la mínima expresión": ¿por qué no incluir la luz en la coreografía?" y así nace el leit motiv: la luz también baila.

Cía.La Mínima. España





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