Jueves, 14 de Enero de 2016

De Arthur Miller

El 8 de febrero de 1968 "El Precio" se estrenó en el Teatro Morosco de Nueva York y ganó el Tony Award de ese año a la mejor obra con la actuación de Kate Reid y Arthur Kennedy. Se repuso en Nueva York con enorme éxito en 1979 con Mitchell Ryan y Fritz Weaver quien ganó el Drama Desk Award por su actuación, luego en 1992 con Debra Mooney y Eli Wallach volvió a ganar el Tony Award a la mejor reposición y por último en 1999 dirigida por James Naughton volvió ganar el Tony y el Drama Desk Award a la mejor reposición de una obra. En sus distintas puestas siempre se presentó ante un público que quedó profundamente impactado y conmocionado.

También en 1968 y solo seis meses después de su debut en New York debutó en Buenos Aires, con una estupenda producción de Alejandro Romay y dirección de Román Viñoly Barreto. Su protagonistas fueron Raúl Rossi, Oscar Ferrigno, Myriam de Urquijo y Fernando Labat.

"El Precio" a que se refiere el título es el legado del pasado. Como en Ibsen, el autor con quien Miller tiene enormes coincidencias, el pasado está salpicado de alternativas y el resultado de las elecciones tomadas gobierna el presente. Uno de sus personajes dice con toda claridad que uno debe tomar decisiones y que uno nunca sabe cuál tomar hasta que a veces es demasiado tarde.

"El Precio" es una de las obras que escribió Miller más fascinantes y entretenidas y la crítica la ha considerado un soberbio y aún exuberante ejercicio teatral, que cumple con las clásicas unidades de tiempo, lugar y acción y Miller acapara la atención del espectador con la destreza de un gran narrador de historias; y los espectadores escuchamos sus explicaciones para comprender con claridad cómo estos hombres debido a sus elecciones de cuando eran jóvenes han determinado lo que hoy en día se han transformado.

La obra sucede en el desván de una vieja casa de tres pisos en Manhattan, Nueva York que denota un pasado próspero en la que los padres fueron ricos hasta la debacle económica de 1929. La casa pronto será demolida para dejar paso al mal llamado progreso y asegurar la frágil estabilidad económica de algunos de los herederos que quedaron. Sus personajes entonces irrumpirán en el ático de la infancia que está lleno de muebles y de recuerdos que son un testamento de un pasado mejor, o de un mundo gobernado por una memoria plena de felicidad pero también de lamentos y de remordimientos. El disco de las risas - una rutina típica de un vaudeville - determinará que una profunda tristeza y melancolía se conviertan en un momento luminoso pero aún así ambos mundos estarán destrozados por el final de esa velada.

Se reunirán Víctor que es policía, su mujer Esther quien espera una buena venta o una reconciliación con el otro hermano, Walter, un exitoso cirujano. A ellos se unirá Solomon, un viejo tasador y vendedor de muebles quien es una mezcla entre un filósofo y un pillo, gracioso y a pesar de su marcado acento Yiddish nunca una caricatura. Si bien Solomon discutirá los precios, "El Precio" no se refiere al valor de estos muebles, sino al precio que todos pagamos por las elecciones que tomamos en esta vida.
Víctor dejó todo por ayudar a su padre luego que este perdió su fortuna; su hermano Walter por el contrario triunfó y nunca fue capaz de compartir su bienestar con los otros miembros de su familia. Los resentimientos surgen con toda claridad a través del desarrollo de esta obra y las múltiples traiciones de la confianza depositada se revelan, y Walter aunque exitoso está sólo y sin amigos, divorciado y casi al borde de un colapso nervioso. El cinismo y el idealismo se entremezclan y el intercambio cada vez más punzante es salpicado por el viejo vendedor de antigüedades que desesperadamente trata que ellos hagan las paces y que su negocio no se pierda y por Esther quien comprenderá que el oropel ajeno no vale el precio que se debe pagar.

Todos los personajes y el público van a comprender al final que a pesar de nuestros anhelos, no podemos alterar lo que Miller y la vida nos vive puntualizando o sea que estamos condenados a perpetuar nuestras ilusiones porque el precio de la verdad es tan enorme que no lo podemos afrontar.





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