Viernes, 02 de Septiembre de 2016

De William Shakespeare
La versión

Hace un tiempo que pensaba acerca de la posibilidad de dirigir Romeo y Julieta de William Shakespeare.
¿Cómo ordenar las fuerzas contendientes? Montescos por un lado, Capuletos por el otro, confrontados en el desorden de Verona. Pensaba en el odio ancestral de esas dos familias, en realizar la obra toda con gente joven, jóvenes que contaran la historia del odio heredado. Pensaba en la muerte de todos los jóvenes, o casi todos, en esta obra, víctimas de ese egoísmo anquilosado, sin explicación, narcisista; los pensaba sin poder cambiar los términos de la vida que les impusieron. Pensaba en el milagro del encuentro amoroso, pensaba en la Julieta que cree que les queda mucho por vivir a partir de lo que sienten, en el crecimiento de Romeo por ese amor. Pensaba en el filicidio durante la dictadura, en el olvido y la impunidad durante la democracia, pensaba en los que —como el Príncipe en esta obra— decretan la paz de los sobrevivientes culpables de tanta muerte, en las leyes formales en oposición a las pulsiones de la sangre joven alborotada, pensaba en una justicia diferente que contuviera y reflexionara de otro modo sobre las personas. Pensaba en la pérdida de tantas vidas, en esta herencia que les estamos dejando a nuestros jóvenes, en las guerras de todo tipo que se continúan, en los intereses que prevalecen por sobre el amor, la amistad, las ganas de vivir… pensaba en Romeo, en Julieta, en Mercucio, en Teobaldo, en Paris, en los que no tienen nombre, en todos los que quedaron encerrados en ese odio que heredaron. Pensaba en mi país, en los Capuletos y Montescos de mi país, en los jóvenes que los admiran, que quieren heredarlos, y en los jóvenes que son sus víctimas y no pueden dejar de sufrirlos… y sigo pensando.

Alicia Zanca




e-planning ad