Antonio

Antonio está a la deriva, viaja en un tren. Esta expuesto al día, al orden de la cotidianidad de los haceres, de los movimientos reflejos que son reconocidos: como un hombre que escribe sentado en su silla de trabajo, con una voz límpida, que pronuncia frases. Antonio tiene el día, pero con una distancia en que el reposo pierde importancia. Como un idiota, un gusano, un animal que se rehúsa a la luz, profundizando el rehusarse a la luz, reduciéndose a un cuerpo, a la madera, al cuero, en un vaciamiento posible de habitar el día.
Antonio está al borde de la risa, seducido por la locura, en próximidad con la locura, exhibiendo un trastorno que aún el aislamiento (el de alguien aislado del cotidiano) destaca del día.

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