Viernes, 04 de Noviembre de 2016

De José Ignacio Serralunga
La primera motivación para la creación de Vaya, Ramona. Vaya, fue abordar, en un hecho artístico, el último año de vida de Argentina. El planteo fue hurgar en aquellas posturas particulares que han posibilitado llegar al estado actual de desazón, de individualismo, de ausencia de solidaridad. Esto no implica ignorar la situación general socioeconómica y política, sino más bien utilizarla como el paño sobre el que se entretejen las situaciones particulares de las personas. Los hechos generales aparecen, sí, modificando y condicionando a cada uno a su manera. Lejos de pretender abarcar la amplia gama de las relaciones humanas, Vaya, Ramona. Vaya, pone el foco de su atención en dos personajes, tan ficticios como verosímiles: la Señora Mónica, perteneciente a una clase acomodada, con su ceguera para percibir el mundo más allá de sus alfombras y sus jardines, y Ramona, la empleada doméstica proveniente de una geografía hostil, miserable, inimaginable y temible para quien no la conoce, y a la vez habitual y lógica para quien la soporta. No hay apología ni denuncia. Vaya, Ramona. Vaya, se limita a exponer, sin intencionalidad manifiesta alguna, aquellos momentos en los que, por mera cercanía física, la Señora Mónica y Ramona comparten sus vidas. Las múltiples lecturas surgirán, así, de las múltiples percepciones personales. El paralelismo de esas vidas, y sus eventuales entrecruzamientos, dan forma a la estética general de la obra. Sólo por un momento, crucial por cierto, los actores perderán a sus personajes y expondrán sus puntos de vista personales. Doble juego, ya que en ese aparente distanciamiento los actores actuarán de actores. En su brevedad, el juego modificará la percepción que el espectador tenía de cada personaje, y el escaso tiempo que media hasta el final no será suficiente para rearmar la imagen anterior. La realidad, la aparente realidad de la ficción parecerá seguir aún después del final.-




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